Doniazada dijo:

“¡Oh hermana mía! acaba la relación”.

Y Schehrazada contestó: “Con mucho agrado, y como un deber de generosidad”. Y prosiguió: He llegado a saber, ¡oh rey poderoso! que cuando el mandadero hizo su promesa a las jóvenes, se levantó la proveedora, colocó los manjares delante de los comensales, y todos comieron muy regaladamente. Después de esto encendieron las velas, quemaron maderas olorosas e incienso, y volvieron a beber y comer todas las golosinas compradas en el zoco, sobre todo el mandadero, que al mismo tiempo decía versos, cerrando los ojos mientras recitaba y moviendo la cabeza. Y de pronto se oyeron fuertes golpes en la puerta, lo que no les perturbó en sus placeres, pero al fin la menor de las jóvenes se levantó, fué a la puerta, y luego volvió y dijo: “Bien llena va a estar nuestra mesa esta noche, pues acabo de encontrar junto a la puerta a tres ahjam (1) con las barbas afeitadas y tuertos del ojo izquierdo. Es una coincidencia asombrosa. He visto inmediatamente que eran extranjeros, y deben venir del país de los Rum. Cada uno es diferente, pero los tres son tan ridículos de fisonomía, que hacen reír. Si los hiciésemos entrar nos divertiríamos con ellos”. Y sus hermanas aceptaron. “Diles que pueden entrar, pero entérales de que no deben hablar de lo que no les importe, si no quieren oír cosas desagradables”. Y la joven corrió a la puerta, muy alegre, y volvió trayendo a los tres tuertos. Llevaban las mejillas afeitadas, con unos bigotes retorcidos y tiesos, y todo indicaba que pertenecían a la cofradía de mendicantes llamados saalik.(2)

Apenas entraron, desearon la paz a la concurrencia, y las jóvenes se quedaron de pie y los invitaron a sentarse. Una vez sentados, los saalik miraron al mandadero, y suponiendo que pertenecía a su cofradía, dijeron: “Es un saaluk como nosotros, y podrá hacernos amistosa compañía”. Pero el mozo, que los había oído, se levantó de súbito, los miró airadamente, y exclamó: “Dejadme en paz, que para nada necesito vuestro afecto. Y empezad por cumplir lo que veréis encima de esa puerta”. Las doncellas estallaron de risa al oír estas palabras, y se decían: “Vamos a divertirnos con este mozo y los saalik”.

(1) Plural de ajami, palabra con que se designa a todos los pueblos que hablan lenguas distintas del árabe, y especialmente a los persas y a todos cuantos hablan mal el árabe. Pero generalmente sólo se aplica a los persas.

(2) Los persas los llaman kalendars o calendos. Saalik es el plural de saaluk.

Después ofrecieron manjares a los saalik, que los comieron muy gustosamente. Y la más joven les ofreció de beber, y los saalik bebieron uno tras otro. Y cuando la copa estuvo en circulación, dijo el mandadero: “Hermanos nuestros, ¿lleváis en el saco alguna historia o alguna maravillosa aventura con qué divertirnos?”

Estas palabras los estimularon, y pidieron que les trajesen instrumentos. Y entonces la más joven les trajo inmediatamente un pandero de Mussul adornado con cascabeles, un laúd de Irak y una flauta de Persia. Y los tres saalik se pusieron de pie, y uno cogió el pandero, otro el laúd y el tercero la flauta. Y los tres empezaron a tocar, y las doncellas los acompañaban con sus cantos. Y el mandadero se moría de gusto, admirando la hermosa voz de aquellas mujeres.

En este momento, volvieron a llamar a la puerta. Y como de costumbre, acudió a abrir la más joven de las tres doncellas.

Y he aquí el motivo de que hubiesen llamado:

Aquella noche, el califa Harún–Al–Raschid había salido a recorrer la ciudad, para ver y escuchar por sí mismo cuanto ocurriese. Le acompañaba su visir Giafar–Al–Barmaki (1) y el portaalfanje Masurur, ejecutor de sus justicias. El califa en estos casos acostumbraba disfrazarse de mercader.

Y paseando por las calles había llegado frente a aquella casa y había oído los instrumentos y los ecos de la fiesta. Y el califa dijo al visir Giafar: “Quiero que entremos en esta casa para saber qué son esas voces”.

Y el visir Giafar replicó: “Acaso sea un hatajo de borrachos, y convendría precavernos por si nos hiciesen alguna mala partida”. Pero el califa dijo: “Es mi voluntad entrar ahí. Quiero que busques la forma de entrar y sorprenderlos”. Al oír esta orden, el visir contestó: “Escucho y obedezco”. Y Giafar avanzó y llamó a la puerta. Y al momento fué a abrir la más joven de las tres hermanas.

Cuando la joven hubo abierto la puerta, el visir le dijo: “¡Oh señora mía! somos mercaderes de Tabaria (Tiberíades) Hace diez días llegamos a Bagdad con nuestros géneros, y habitamos en el khan de los mercaderes. Uno de los comerciantes del khan nos ha convidado a su casa y nos ha dado de comer. Después de la comida, que ha durado una hora, nos ha dejado en libertad de marcharnos. Hemos salido, pero ya era de noche, y como somos extranjeros, hemos perdido el camino del khan y ahora nos dirigimos fervorosamente a vuestra generosidad para que nos permitáis entrar y pasar la noche aquí. Y ¡Alah os tendrá en cuenta esta buena obra!”

Entonces la joven los miró, le pareció que en efecto tenían maneras de mercaderes y un aspecto muy respetable, por lo cual fué a buscar a sus dos hermanas para pedirles parecer. Y ellas le dijeron: “Déjales entrar”. Entonces fué a abrirles la puerta, y le preguntaron: “¿Podemos entrar, con vuestro permiso?” Y ella contestó: “Entrad”. Y entraron el califa, el visir y el portaalfanje, y al verlos las jóvenes se pusieron de pie y les dijeron: “¡Sed bien venidos, y que la acogida en esta casa os sea tan amplia como amistosa! Sentaos, ¡oh huéspedes nuestros! Sólo tenemos que imponeros una condición: “No habléis de lo que no os importa, si no queréis oír cosas que no os gusten”.

Y ellos respondieron: “Ciertamente que sí”. Y se sentaron, y fueron invitados a beber y a que circulase entre ellos la copa. Después el califa miró a los tres saalik, y se asombró mucho al ver que los tres estaban tuertos del ojo izquierdo. Y miró en seguida a las jóvenes, y al advertir su hermosura y su gracia, quedó aún más perplejo. Las doncellas siguieron conversando con los convidados, invitándoles a beber con ellas, y luego presentaron un vino exquisito al califa, pero éste lo rechazó, diciendo: “Soy un buen hadj”.(2)

Entonces la más joven se levantó y colocó delante de él una mesita con incrustaciones finas, encima de la cual puso una taza de porcelana de China, y echó en ella agua de la fuente, que enfrió con un pedazo de hielo, y lo mezcló todo con azúcar y agua de rosas, y después se lo presentó al califa. Y él aceptó, y le dió las gracias, diciendo para sí: “Mañana tengo que recompensarla por su acción y por todo el bien que hace”.

Las doncellas siguieron cumpliendo sus deberes de hospitalidad y sirviendo de beber. Pero cuando el vino produjo sus efectos, la mayor de las tres hermanas se levantó, cogió de la mano a la proveedora, y le dijo: ¡”Oh hermana mía! levántate y cumplamos nuestro deber”. Y su hermana le contestó: “Me tienes a tus órdenes”.

Entonces la más pequeña se levantó también, y dijo a los saalik que se apartaran del centro de la sala y que fuesen a colocarse junto a las puertas. Quitó cuanto había en medio del salón y lo limpió.

(1) el Barmakida o el Barmecida (2) Hadj, peregrino de Ia Meca

Las otras dos hermanas llamaron al mandadero, y le dijeron: “¡Por Alah! ¡Cuán poco nos ayudas! Cuenta que no eres un extraño, sino de la casa”. Y entonces el mozo se levantó, se remangó la túnica, y apretándose el cinturón, dijo: “Mandad y obedeceré”. Y ellas contestaron: “Aguarda en tu sitio”. Y a los pocos momentos le dijo la proveedora: “Sígueme, que podrás ayudarme”.

Y la siguió fuera de la sala, y vió dos perras de la especie de las perras negras, que llevaban cadenas al cuello. El mandadero las cogió y las llevó al centro de la sala. Entonces la mayor de las hermanas se remangó el brazo, cogió un látigo, y dijo al mozo: “Trae aquí una de esas perras”.

Y el mandadero, tirando de la cadena del animal, le obligó a acercarse, y la perra se echó a llorar y levantó la cabeza hacia la joven. Pero ésta, sin cuidarse de ello, la tumbó a sus pies, y empezó a darle latigazos en la cabeza, y la perra chillaba y lloraba, y la joven no la dejó de azotar hasta que se le cansó el brazo. Entonces tiró el látigo, cogió a la perra en brazos, la estrechó contra su pecho, le secó las lágrimas y la besó en la cabeza, que la tenía cogida entre sus manos. Después dijo al mandadero: “Llévatela, y tráeme la otra”. Y el mandadero trajo la otra, y la joven la trató lo mismo que a la primera.

Entonces el califa sintió que sus ojos se llenaban de lástima y que el pecho se le oprimía de tristeza, y guiñó el ojo al visir Giafar para que interrogase sobre aquello a la joven, pero el visir le respondió por señas que lo mejor era callarse.

En seguida la mayor de las doncellas se dirigió a sus hermanas, y les dijo: “Hagamos lo que es nuestra costumbre”. Y las otras contestaron: “Obedecemos”. Y entonces se subió al lecho, chapeado de plata y de oro, y dijo a las otras dos: “Veamos ahora lo que sabéis”.

Y la más pequeña se subió al lecho, mientras que la otra se marchó a sus habitaciones y volvió trayendo una bolsa de raso con flecos de seda verde; se detuvo delante de las jóvenes, abrió la bolsa y extrajo de ella un laúd. Después se lo entregó a su hermana pequeña, que lo templó, y se puso a tañerlo, cantando estas estrofas con una voz sollozante y conmovida:

¡Por piedad ¡Devolved a mis párpados el sueño que de ellos ha huído! ¡Decidme donde ha ido a parar mi razón!

¡Guando permití que el amor penetrase en mi morada se enojó conmigo el sueño y me abandonó!

Y me preguntaban: “¿Qué has hecho para verte así, tú que eres de los que recorren el camino recto y seguro? ¡Dinos quién te ha extraviado de ese modo!”

Y les dije: “¡No seré yo, sino ella quien os responda! ¡Yo sólo puedo deciros que mi sangre, toda mi sangre, le pertenece! ¡Y siempre he de preferir verterla por ella a conservarla torpemente en mí!

 “¡He elegido una mujer para poner en ella mis pensamientos, mis pensamientos que reflejan su imagen! ¡Si expulsara esa imagen, se consumirían mis entrañas con un fuego devorador!

 “¡Si la viérais, me disculparíais! ¡Porque el mismo Alah cinceló esa joya con el licor de la vida; y con lo que quedó de ese licor fabricó la granada y las perlas!”

 Y me dicen: “¿Pero encuentras en el objeto amado otra cosa que lágrimas, penas y escasos placeres?

 “¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás tu sombra? ¡Bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!”

 Y yo contesto: “¡No creáis que bebiendo se ha apoderado de mí la embriaguez, sino sólo mirando! ¡No fué preciso más; esto bastó para que el sueño huyera por siempre de mis ojos!

 “¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino solamente el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de que me separé las que me han puesto en este estado, sino solamente la separación de ella!

 “¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi alma está unida a su cuerpo perfumado, a sus aromas de ámbar y almizcle?”

Cuando acabó de cantar, su hermana le dijo: “¡Ojalá te consuele Alah, hermana mía!” Pero tal aflicción se apoderó de la joven portera, que se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada en el suelo.

Pero al caer, como una parte de su cuerpo quedó descubierta, el califa vió en él huellas de latigazos y varazos, y se asombró hasta el límite del asombro. La proveedora roció la cara de su hermana, y luego que recobró el sentido, le trajo un vestido nuevo y se lo puso.

Entonces el califa dijo a Giafar: “¿No te conmueven estas cosas? ¡,No has visto señales de golpes en el cuerpo de esa mujer? Yo no puedo callarme, y no descansaré hasta descubrir la verdad de todo esto, y sobre todo, esa aventura de las dos perras”. Y el visir contestó: “¡Oh mi señor, corona de mi cabeza!, recuerda la condición que nos impusieron: No hables de lo que no te importe, si no quieres oír cosas que no te gusten”.

Y mientras tanto, la proveedora se levantó, cogió el laúd, lo apoyó en su redondo seno, y se puso a cantar:

¿Qué responderíamos si vinieran a darnos quejas de amor? ¿Qué haríamos si el amor nos dañara?

 ¡Si confiáramos a un intérprete que respondiese en nuestro nombre, este intérprete no sabría traducir todas las quejas de un corazón enamorado!

 ¡Y si sufrimos con paciencia y en silencio la ausencia del amado, pronto nos pondrá el dolor a las puertas de la muerte!

 ¡Oh dolor! ¡Para nosotros sólo hay penas y duelo: las lágrimas resbalan por las mejillas!

 Y tú, querido ausente, que has huído de las miradas de mis ojos cortando los lazos que te unían a mis entrañas.

 Di, ¿conservas algún recuerdo de nuestro amor pasado, una huella pequeña que dure a pesar del tiempo?

 ¿O has olvidado, con la ausencia, el amor que agotó mi espíritu y me puso en tal estado de aniquilamiento y postración?

 ¡Si mi sino es vivir desterrada, algún día pediré cuentas de estos sufrimientos a Alah, nuestro Señor!

 Al oír este canto tan triste, la mayor de las doncellas se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada. Y la proveedora se levantó y le puso un vestido nuevo, después de haber cuidado de rociarle la cara con agua para que volviese de su desmayo. Entonces, algo repuesta, se sentó la joven en el lecho, y dijo a su hermana: “Te ruego que cantes más para que podamos pagar nuestras deudas. ¡Aunque sólo sea una vez!” Y la proveedora templó de nuevo el laúd y cantó las siguientes estrofas:

¿Hasta cuando durarán esta separación y este abandono tan cruel? ¿No sabes que a mis ojos ya no les quedan lágrimas?

¡Me abandonas! ¿Pero no crees que rompes así la antigua amistad? ¡Oh! ¡si tu objeto era despertar mis celos, lo has logrado!

¡Si el maldito Destino siempre ayudase a los hombres amorosos, las pobres mujeres no tendrían tiempo para dirigir reconvenciones a los amantes infieles!

¿A quién me quejaré para desahogar un poco mis desdichas, las desdichas causadas por tu mano, asesino de mi corazón.. .? ¡Ay de mí! ¿Qué recurso le queda al que perdió la garantía de su crédito? ¿Cómo cobrar la deuda?

¡Y la tristeza de mi corazón dolorido crece con la locura de mi deseo hacia ti! ¡Te busco! ¡Tengo tus promesas! Pero tú, ¿dónde estás?

¡Oh hermanos! ¡os lego la obligación de vengarme del infiel! ¡Que sufra padecimientos como los míos! ¡Que apenas vaya a cerrar los ojos para el sueño, se los abra en seguida el insomnio largamente!

¡Por tu amor he sufrido las peores humillaciones! ¡Deseo, pues, que otro en mi lugar goce las mayores satisfacciones a costa tuya!

¡Hasta hoy me ha tocado padecer por su amor! ¡Pero a él, que de mí se burla, le tocará sufrir mañana!

Al oír esto cayó desmayada otra vez la más joven de las hermanas, y su cuerpo apareció señalado por el látigo.

Entonces dijeron los tres saalik: “Más nos habría valido no entrar en esta casa, aunque hubiéramos pasado la noche sobre un montón de escombros, porque este espectáculo nos apena de tal modo, que acabará por destruirnos la espina dorsal”. Entonces el califa, volviéndose hacia ellos, les dijo: “¿Y por qué es eso?” Y contestaron: “Porque nos ha emocionado mucho lo que acaba de ocurrir”. Y el califa les preguntó: “¿De modo, que no sois de casa?” Y contestaron: “Nada de eso. El que parece serlo es ese que está a tu lado”. Entonces exclamó el mandadero: “¡Por Àlah! Esta noche he entrado en esta casa por primera vez, y mejor habría sido dormir sobre un montón de piedras”.

Entonces dijeron: “Somos siete hombres, y ellas sólo son tres mujeres. Preguntemos la explicación de lo ocurrido, y si no quieren contestarnos de grado, que lo hagan a la fuerza”. Y todos se concertaron para obrar de ese modo, menos el visir, que les dijo: “¿Creéis que vuestro propósito es justo y honrado? Pensad que somos sus huéspedes, nos han impuesto condiciones y debemos cumplirlas. Además, he aquí que se acaba la noche, y pronto irá cada uno a buscar su suerte por el camino de Alah”. Después guiñó el ojo al califa, y llevándole aparte, le dijo: “Sólo nos queda que permanecer aquí una hora. Te prometo que mañana pondré entre tus manos a estas jóvenes, y entonces les podrás preguntar su historia”.

Pero el califa rehusó y dijo: “No tengo paciencia para aguardar a mañana”. Y siguieron hablando todos, hasta que acabaron por preguntarse: “¿Cuál de nosotros les dirigirá la pregunta?” Y algunos opinaran que eso le correspondía al mandadero.

A todo esto, las jóvenes les preguntaron: “¿De qué habláis, buena gente?” Entonces el mandadero se levantó, se puso delante de la mayor de las tres hermanas, y le dijo: “¡Oh soberana mía! En nombre de Alah te pido y te conjuro, de parte de todos los convidados, que nos cuentes la historia de esas dos perras negras, y por qué las has castigado tanto, para llorar después y besarlas. Y dinos también, para que nos enteremos, la causa de esas huellas de latigazos que se ven en el cuerpo de tu hermana. Tal es nuestra petición. Y ahora, ¡que la paz sea contigo!”

Entonces la joven les preguntó a todos: “¿Es cierto lo que dice este mandadero en vuestro nombre?” Y todos, excepto el visir, contestaron: “Cierto es”. Y el visir no dijo ni una palabra.

Entonces la joven, al oír su respuesta, les dijo: “¡Por Alah, huéspedes míos! Acabáis de ofendernos de la peor manera. Ya se os advirtió oportunamente que si alguien hablaba de lo que no le importase, oiría lo que no le había de gustar. ¿No os ha bastado entrar en esta casa y comeros nuestras provisiones? Pero no tenéis vosotros la culpa, sino nuestra hermana, por haberos traído”.

Y dicho esto, se remangó el brazo, dió tres veces con el pie en el suelo, y gritó: “¡Hola! ¡Venid en seguida!” E inmediatamente se abrió uno de los roperos cubiertos por cortinajes, y aparecieron siete negros, altos y robustos, que blandían agudos alfanjes. Y la dueña les dijo: “Atad los brazos a esa gente de lengua larga, y amarradlos unos a otros”. Y ejecutada la orden, dijeron los negros: “¡Oh señora nuestra! ¡Oh flor oculta a las miradas de los hombres! ¿nos permites que les cortemos la cabeza?” Y ella contestó: “Aguardad una hora, que antes de degollarlos los he de interrogar para saber quiénes son”.

Entonces exclamó el mandadero: “¡Por Alah, oh señora mía!, no me mates por el crimen de estos hombres. Todos han faltado y todos han cometido un acto criminal, pero yo no. ¡Por Alah! ¡Qué noche tan dichosa y tan agradable habríamos pasado, si no hubiésemos visto a estos malditos saalik! Porque estos saalik de mal agüero son capaces de destruir la más floreciente de las ciudades sólo con entrar en ella”.

¡Qué hermoso es el perdón del fuerte! ¡Y sobre todo, qué hermoso cuando se otorga al indefenso!

 ¡Yo te conjuro por la inviolable amistad que existe entre los dos; no mates al inocente por causa del culpable!

Cuando el mandadero acabó de recitar, la joven se echó a reír. En este momento de su narración, Schehrazada vió aproximarse la mañana y se calló discretamente.

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la bruja cogió un poco de agua y pronunció unas palabras misteriosas, los peces empezaron a agitarse, irguiendo la cabeza, y acabaron por con vertirse en hijos de Adán, y en la hora y en el instante se desató la magia que sujetaba a los habitantes de la ciudad. Y la ciudad se convirtió en una población floreciente, con magníficos zocos bien construídos y cada habitante se puso a ejercer su oficio. Y las montañas volvieron a ser islas como en otro tiempo. Y hete aquí todo lo que hubo respecto a esto. Por lo que se refiere a la bruja ésta volvió junto al rey, y como le seguía tomando por el negro, le dijo: “¡Oh querido mio!, dame tu mano generosa para besarla”. Y el rey le respondió en voz baja: “Acércate más a mí”. Y ella se aproximó. Y el rey cogió de pronto su buena espada, y le atravesó el pecho con tal fuerza, que la punta le salió por la espalda. Después, dando un tajo, la partió en dos mitades.
Hecho esto salió en busca del joven encantado, que le esperaba de pie. Entonces le felicitó por su desencantamiento, y el joven le besó la mano, y le dió efusivamente las gracias. Y le dijo el rey: “¿Quie res marchar a tu ciudad, o acompañarme a la mía?” Y el joven contestó: “¡Oh, rey de los tiempos! ¿sabes cuánta distancia hay de aquí a tu ciudad?” Y dijo el rey: “Dos días y medio”. Entonces le dijo el joven: “¡Oh rey! si estás durmiendo, despierta. Para ir a tu capital emplearás, con la voluntad de Alah, todo un año. Si llegaste aquí en dos días y medio, fué porque esta población estaba encantada. Y cuenta, ¡oh rey! que no he de apartarme de ti ni siquiera el instante que dura un parpadeo”. El rey se alegró al oírlo, y dijo: “Bendigamos a Alah, que ha dispuesto te encontrase en mi camino. Desde hoy serás mi hijo, ya que Alah no me los ha querido dar hasta ahora”. Y se echaron uno en brazos del otro, y se alegraron hasta el límite de la alegría.
Dirigiéronse entonces al palacio del rey que había estado encantado. Y el joven anunció a los notables de su reino que iba a partir para la santa peregrinación a la Meca. Y hechos los preparativos ne cesarios, partieron él y el rey, cuyo corazón anhelaba el regreso a su país, del que estaba ausente hacía un año. Marcharon, pues, llevando cincuenta mamalik (Mamelucos, soldados esclavos) cargados de regalos. Y no dejaron de viajar día y noche durante un año entero, hasta que avistaron la ciudad. El visir salió con los soldados al encuentro del rey, muy satisfecho de su regreso, pues había llegado a temer no verle más. Y los soldados se acercaron, y besaron la tierra entre sus manos, y le dieron la bienvenida. Y entró en el palacio y se sentó en su trono. Después llamó al visir y le puso al corriente de cuanto le había ocurrido. Cuando el visir supo la historia del joven, le dió la enhorabuena por su desencantamiento y su salvación.
Mientras tanto, el rey gratificó a muchas personas, y después dijo al visir: “Que venga aquel pescador que en otro tiempo me trajo los peces”. Y el visir mandó llamar al pescador que había sido causa del desencantamiento de los habitantes de la ciudad. Y cuando se presentó le ordenó el rey que se acercase, y le regaló trajes de honor, preguntándole acerca de su manera de vivir y si tenía hijos. Y el pescador dijo que tenía un hijo y dos hijas. Entonces el rey se casó con una de sus hijas, y el joven se casó con la otra. Después el rey conservó al pescador a su lado y le nombró tesorero general.
En seguida envió a su visir a la ciudad del joven, situada en las Islas Negras, y le nombró sultán de aquellas islas, escoltándole los cincuenta mamalik con numerosos trajes de honor para todos aquellos emires. El visir, al despedirse, besó ambas manos del sultán y salió para su destino. Y el rey y el joven siguieron juntos, muy felices con sus esposas, las dos hijas del pescador, gozando una vida de venturosa tranquilidad y cordial esparcimiento. En cuanto al pescador, nombrado tesorero general, se enriqueció mucho y llegó a ser el hombre más rico de su tiempo. Y todos los días veía a sus hijas, que eran esposas de reyes. ¡Y en tal estado, después de numerosos años completos, fué a visitarles la Separadora de los amigos, la Inevitable, la Silenciosa, la Inexorable! ¡Y ellos murieron!

Pero no creais que esta historia–prosiguió Schehrazada– sea más maravillosa que la del mandadero.

 HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS

Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y además mozo de cordel.
Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un ancho manto de tela de Mussul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro de brocato. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por debajo dos ojos negros con largas pestañas y ¡qué párpados! Era esbelta, sus manos y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades. Y dijo con su voz llena de dulzura: “¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme”. Y el mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y siguió a la joven, hasta que se detuvo a la puerta de una casa. Llamó y salió un nusraní,(nazareno, cristiano) que por un dinar le dió una medida de aceitunas, y ella las puso en la espuerta, diciendo al mozo: “Lleva eso y sígueme”.
Y el mandadero exclamó: “¡Por Alah! ¡Bendito día!” Y cogió otra vez la espuerta y siguió a la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería y compró manzanas de Siria, membrillos osmani, melocotones de Omán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de henné, anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: “Llévalo”. Y él lo llevó, y la siguió hasta que llegaron a la carnicería, donde dijo la joven: “Corta diez artal de carne”.(1 )
Y el carnicero cortó los diez artal, y ella los envolvió en hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo: “Llévalo, ¡oh mandadero!” Y él lo llevó así, y la siguió hasta encontrar un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de almendras, diciendo al mozo: “Llévalo y sígueme”. Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió hasta llegar a la tienda de un confitero, y allícompró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamados muchabac, bocadillos huecos llamados lucmet–el–kadí, otros cuyo nombre es assabihzeinab, hechos con manteca, miel y leche. Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja encima de la espuerta.
Entonces el mandadero dijo: “Si me hubieras avisado habría alquilado una mula para cargar tanta cosa”. Y la joven sonrió al oírlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias bebidas embriagadoras, como asimismo un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría.

(1) Artal, plural de ratl, peso que varía, según las comarcas, entre dos onzas y doce

Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: “Lleva la espuerta y sígueme”. Y el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó a un palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de ébano, adornadas con chapas de oro rojo.
La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero vió entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto a su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve.
Por eso, a su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí: “¡Por Alah! ¡En mi vida he tenido un día tan bendito como el de hoy!”
Entonces esta joven tan admirable dijo a su hermana la proveedora y al mandadero: “¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia como agradable!”
Y entraron, y acabaron por llegar a una sala espaciosa que daba al patio, adornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos roperos cuidadosamente cerrados.
En medio de la sala había un lecho de mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también rojo, y en el lecho había una joven demaravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia, como dijo el poeta:

¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo compare por su esbeltez con la delicadeza de una rama flexible, juzga con error a pesar de su talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano!

¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda! ¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren son únicamente una delicia más!

Entonces la joven se levantó, y llegando junto a sus hermanas, les dijo: “¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese hombre”. Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al mandadero, le dijeron: “¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete inmediatamente”. Pero el mozo miraba a las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta perfección, y pensaba que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábale que no hubiese ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas, frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la admiración, no tenía maldita la gana de marcharse.
Entonces la mayor de las doncellas le dijo: “¿Por qué no te vas? ¿Es que te parece poco el salario?” Y se volvió hacia su hermana, la que había hecho las compras, y le dijo: “Dale otro dinar”. Pero el mandadero replicó: “¡Por Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centésima parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís en esta soledad, y no hay hombre que os haga compañía.
¿No sabéis que un minarete sólo vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres nunca es perfecta si no se unen con los hombres. Y, como dice el poeta, un acorde no será jamás armonioso como no reúnan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras, ¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo seré la flauta y me conduciré como hombre prudente, lleno de sagacidad e inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!”
Y las jóvenes le dijeron: “¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas:

“Desconfía de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido” .

Pero el mandadero exclamó: “¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento cosas agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:

¡Sólo el hombre bien dotado sabe callar el secreto! ¡Sólo los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!

¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!”

Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: “Sabe, ¡oh mandadero! que en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima con qué indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que gastes mucho oro. ¿Acaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos a beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe nuestros rostros?” Y la mayor de las doncellas añadió: “Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza”. Y la que había abierto la puerta dijo: “Si no tienes nada, vete sin nada”. Pero en aquel momento intervino la proveedora, y dijo: “¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah!, pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuanto le toque pagar a él, yo lo abonaré en su lugar”.
Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo a la que le había defendido: “¡Por Alah! A ti te debo la primera ganancia del día”. Y dijeron las tres: “Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestras cabezas y nuestros ojos”. Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clasificó el vino por decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.
Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaronla copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó a sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:

¡Bebe este vino! ¡El es la causa de toda nuestra alegría! ¡El da al que lo bebe fuerzas y salud! ¡El es el único remedio que cura todos los males!

¡Nadie bebe el vino, origen de toda alegría, sin sentir las emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede saturarnos de voluptuosidad!

Después besó las manos de las tres doncellas, y vació la copa. En seguida, aproximándose a la mayor, dijo: “¡Oh señora mía! Soy tu esclavo, tu cosa y tu propiedad!” Y recitó estas estrofas. en honor suyo:

¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos, acaso el más humilde de tus esclavos!

¡Pero conoce a su dueña! ¡El sabe cuánta es su generosidad y sus beneficios! ¡Y sobre todo, sabe cómo se lo ha de agradecer!

Entonces ella le dijo, ofreciéndole la copa: “Bebe, ¡oh amigo mío! y que la bebida te aproveche y la digieras bien. Que ella te dé fuerzas para el camino de la verdadera salud”.
Y el mandadero cogió la copa, besó la mano a la joven, y con una voz dulce y modulada ‘cantó quedamente estos versos:
¡Yo ofrezco a mi amiga (1) un vino resplandeciente como sus mejillas, mejillas tan luminosas, que sólo la caridad de una llama podría compararse con su espléndida vida!

(1) En el texto original “mi amigo”. Los poetas árabes, por eufemismo, usan casi siempre el género masculino al hablar de sus amadas. (2)En árabe, se emplea la palabra alma, queriendo decir “uno mismo”, “una misma”, etc
Ella se digna aceptarlo, pero me dice muy risueña: “¿Cómo quieres que beba mis propias mejillas?”
Y yo le digo: “; Bebe, oh llama de mi corazón! ¡Este licor son mis lágrimas, su color rojo, mi sangre, y su mezcla en la copa, estoda mi alma!”

Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó a los labios y después fue a sentarse junto a sus hermanas. Y todos empezaron a cantar, a danzar y a jugar con las flores exquisitas. Y mientras tanto, el mozo las abrazaba y las besaba. Y una le dirigía chanzas, otra lo atraía hacia ella, y la otra le golpeaba con las flores. Y siguieron bebiendo, hasta que el vino se les subió a la cabeza. Cuando el vino reinó por completo, la joven que había abierto la puerta se levantó, se quitó to a a ropa y se quedó desnuda. Y de un salto echó su alma(2) en el estanque y se puso a jugar con el agua, se llenó de ella la boca y roció ruidosamente al mandadero. Esto no le estorbaba para que el agua corriese por todos sus miembros y por entre sus muslos juveniles. Después salió del estanque, se echó sobre el pecho del mandadero, y extendiéndose luego boca arriba, dijo señalando a la cosa situada entre sus muslos: “¡Oh mi querido! ¿Sabes cómo se llama esto?”
Y contestó el mozo: “¡Ah …! ¡ah … ! ordinariamente suele llamarse la casa de la misericordia”.
Pero ella exclamó: “¡Yu! ¡Yu! ¿No te da vergüenza tu ignorancia?” Y le cogió del pescuezo y empezó a darle golpes.
Entonces dijo él: “¡Basta! ¡basta! Se llama la vulva”. Y repitió ella: “Tampoco es así”. Y el mandadero dijo: “Pues tu pedazo de atrás”. Y ella repitió: “Otra cosa”. Y dijo él: “Es tu zángano”. Pero ella, al oírlo, golpeó al joven con tal fuerza, que le arañó la piel. Y entonces él dijo: “Pues dime cómo se llama”. Y ella contestó: “La albahaca de los puentes”. Y exclamó el mozo: “¡Ya era hora! ¡Alabado sea Alah! y él te guarde, ¡oh mi albahaca de los puentes!”
Después volvió a circular la copa y la subcopa. En seguida la segunda joven se desnudó y se metió en el estanque, e hizo lo mismo que su hermana. Salió después, se echó en el regazo del mozo, y señalando con el dedo hacia sus muslos y a la cosa situada entre los muslos, preguntó: “¿Cuál es el nombre de esto, luz de mis ojos?” Y él dijo: “Tu grieta”. Pero ella exclamó: “¡Qué palabras tan abominables dice este hombre!” Y le abofeteó con tal furia, que retembló toda la sala. Y después dijo él: “Entonces será la albahaca de los puentes”. Pero ella replicó: “No es eso, no es eso”. Y volvió a darle golpes. Entonces preguntó el mozo: “¿Pues cuál es su nombre?” Y contestó ella: “El sésamo descortezado”. Y él exclamó: “¡Para ti sean, ¡oh el más descortezado entre los sésamos! las mejores bendiciones!”
Después se levantó la tercera joven, se desnudó y se metió en el estanque, donde hizo como sus hermanas, y luego se vistió, y fue a tenderse entre las piernas del mandadero, y le dijo, señalando hacia sus partes delicadas: “Adivina su nombre”. Entonces él le dijo: “Se llama, esto, se llama lo otro”.
Y numerando con los dedos, decía: “El estornino mudo, el conejo sin orejas, el polluelo sin voz, el padre de la blancura, la fuente de las gracias”. Y por fin, en vista de sus protestas, acabó preguntando, para que no le pegara más: “¿Pues cuál es su nombre?”
Y ella contestó: “El khan (la posada) de Aby–Mansur”.
Entonces el mandadero se levantó, se despojó de sus vestiduras y se metió en el agua. ¡Y su espalda sobrenadaba majestuosa en la superficie! Se lavó todo el cuerpo como se habían lavado las doncellas, y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, apoyó los pies en el regazo de la otra hermana, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: “¿Sabes, ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?”
Al oír estas palabras, las tres se echaron a reír tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas, y exclamaron: “¡Tu zib!” Y él dijo: “No es eso, no es eso”. Y les dió a cada una un mordisco. Entonces dijeron: “¡Tu herramienta!” Y él contestó: “Tampoco es eso”. Y a cada una les dió un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron: “Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib, porque se mueve”. Y el mozo seguía negando, con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba, y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: “¿Cómo se llama, pues?” Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: “¡Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: “Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby–Mansur”.
Y se rieron las tres tan descompasadamente al oírle, que de nuevo doblaron sobre sus partes traseras. Después siguieron bebiendo en la misma copa hasta que comenzó a anochecer.
Las jóvenes dijeron al mandadero: “Ahora vuelve la cara y vete, y así veremos la anchura de tus hombros”. Pero el mozo exclamó: “¡Por Alah, señoras mías! ¡Más fácil sería a mi alma salir del cuerpo, que a mí dejar esta casa! ¡Juntemos esta noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino por el camino de Alah!”
Entonces intervino nuevamente la joven proveedora: “Hermanas, por vuestra vida, invitémosle a pasar la noche con nosotras y nos reiremos mucho con él, porque es una mala persona sin pudor, y además muy gracioso”. Y dijeron entonces al mandadero: “Puedes pasar aquí la noche con la condición de estar bajo nuestro dominio y no pedir ninguna explicación sobre lo que veas ni sobre cuanto ocurra”. Y él respondió: “Así sea, ¡oh señoras mías!” Y ellas añadieron: “Levántate y lee lo que está escrito encima de las puertas”. Y él se levantó, y encima de la puerta vió las siguientes palabras, escritas con letras de oro:

No hables nunca de lo que no te importe si no oirás cosas que no te gusten.

Y el mandadero dijo: “¡Oh señoras mías! os pongo por testigo de que no he de hablar de lo que no me importe”.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Schehrazada dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el joven encantado dijo al rey:
“Al herir al negro para cortarle la cabeza, corté efectivamente su piel y su carne, y creí que lo había matado, porque lanzó un estertor horrible. Y a partir de ese momento, nada sé sobre lo que ocurrió. Pero al día siguiente, vi que la hija de mi tío se había cortado el pelo y se había vestido de luto. Después me dijo: “¡Oh hijo de mi tío! No censures lo que hago, porque acabo de saber que se ha muerto mi madre, que a mi padre lo han matado en la guerra santa, que uno de mis hermanos ha fallecido de picadura de escorpión y que el otro ha quedado enterrado bajo las ruinas de un edificio; de modo que tengo motivos para llorar y afligirme”. Fingiendo que la creía, le dije: “Haz lo que creas conveniente, pues no he de prohibírtelo”. Y permaneció encerrada con su luto, con sus lágrimas y sus accesos de dolor durante todo un año, desde su comienzo hasta el otro comienzo.
Y transcurrido el año, me dijo: “Deseo construir para mí una tumba en este palacio; allí podré aislarme con mi soledad y mis lágrimas, y la llamaré la Casa de los Duelos”. Yo le dije: “Haz lo que tengas por conveniente”. Y se mandó construir esta Casa de los Duelos, coronada por una cúpula, y conteniendo un subterráneo como una tumba. Después transportó allí al negro, que no había muerto, pues sólo había quedado muy enfermo y muy débil, aunque en realidad ya no le podía servir de nada a la hija de mi tío. Pero esto no le impedía estar bebiendo a todas horas vino y buza. Y desde el día en que le herí no podía hablar y seguía viviendo, pues no le había llegado todavía su hora.
Ella iba a verlo todos los días, entrando en la cúpula, y sentía a su lado accesos de llanto y de locura, y le daba bebidas y condimentos. Así hizo, por la mañana y por la noche, durante todo otro año. Yo tuve paciencia durante este tiempo; pero un día, entrando de improviso en su habitación, la oí llorar y arañarse la cara y decir amargamente estos versos:

¡Partiste, ¡oh muy amado mío! y he abandonado a los hombres y vivo en la soledad, porque mi corazón no puede amar nada desde que partiste, ¡oh muy amado mío!

¡Si vuelves a pasar cerca de tu muy amada, recoge por favor sus despojos mortales, en recuerdo de su vida terrena, y dales el reposo en la tumba donde tú quieras, pero cerca de ti, si vuelves a pasar cerca de tu muy amada!

¡Que tu voz se acuerde de mi nombre de otro tiempo para hablarme en la tumba! ¡Oh, pero en mi tumba sólo oirás el triste sonido de mis huesos al chocar unos con otros!

Cuando hubo terminado su lamentación, desenvainé la espada, y le dije: “¡Oh traidora! sólo hablan así las infames que reniegan de sus amores y pisotean el cariño”. Y levantando el brazo, me disponía a herirla, cuando ella, descubriendo entonces que había sido yo quien hirió al negro, se puso de pie, pronunciando unas palabras misteriosas, y dijo: “Por la virtud de mi magia, que Alah te convierta mitad piedra y mitad hombre”. E inmediatamente, señor, quedé como me ves. Y ya no puedo valerme ni hacer un movimiento, de suerte que no estoy ni muerto ni vivo. Después de ponerme en tal estado, encantó las cuatro islas de mi reino, convirtiéndolas en montañas, con ese lago en medio de ellas, y a mis súbditos los transformó en peces. Pero hay más. Todos los días me tortura azotándome con una correa, dándome cien latigazos, hasta que me hace sangrar. Y después me pone sobre las carnes una camisa de crin, cubriéndola con la ropa”.
El joven se echó entonces a llorar y recitó estos versos:

¡Aguardando tu sentencia y tu justicia, ¡oh mi señor! sufro pacientemente, pues tal es tu voluntad!
¡Pero me ahogan mis desgracias! ¡Y sólo puedo recurrir a ti, ¡oh, Señor! ¡oh Alah, adorado por nuestro bendito Profeta!

El rey dijo entonces al joven: “Has añadido una pena a mis penas; pero dime, ¿dónde está esa mujer?” Y respondió el mancebo: “En la tumba, donde está el negro, debajo de la cúpula. Todos los días viene a esta habitación, me desnuda, y me da cien latigazos, y yo lloro y grito, sin poder hacer un movimiento para defenderme. Después de martirizarme, se va junto al negro, llevándole vinos y licores hervidos”. Entonces exclamó el rey: “¡Oh excelente joven! ¡Por Alah ! voy a hacerte un favor tan memorable, que después de mi muerte pasará al dominio de la Historia”. Y ya no añadió más, y siguió la conversación hasta que se acercó la noche. Después se levantó el rey y aguardó que llegase la hora nocturna de las brujas. Entonces se desnudó, volvió a ceñirse la espada, y se fué hacia el sitio donde se encontraba el negro. Había allí velas y farolillos colgados, y también perfumes, incienso y distintas pomadas. Se fué derechamente al negro, le hirió, le atravesó y le hizo vomitar el alma. En seguida se lo echó a los hombros y lo arrojó al fondo de un pozo que había en el jardín. Después volvió a la cúpula, se vistó con las ropas del negro, y se paseó durante un instante, a todo lo largo del subterráneo, tremolando en su mano la espada completamente desnuda.
Transcurrida una hora, la desvergonzada bruja llegó a la habitación del joven. Apenas hubo entrado, desnudó al hijo de su tío, cogió el látigo y empezó a pegarle. Entonces él gritaba: “¡No me hagas sufrir más! ¡Bastante terrible es mi desgracia! ¡Ten piedad de mi”. Ella respondió: “¿La tuviste de mí? ¿Respetaste a mi amante? Así, pues, ¡toma, toma!”. Después le puso la túnica de crin, colocándole la otra ropa por encima, e inmediatamente marchó al aposento del negro, llevándose la copa de vino y la taza de plantas hervidas. Y al entrar debajo de la cúpula, se puso a llorar e imploró: “¡0h, dueño mío, háblame, hazme oír tu voz!”. Y recitó dolorosamente estos versos:

¡Oh, corazón mío! ¿ha de durar mucho esta separación tan angustiosa? ¡El amor con que me traspasaste es un tormento que supera mis fuerzas!
¡Hasta cuándo seguirás huyendo de mí! ¡Si sólo querías mi dolor y mi amargura, ya serás feliz, pues bien se han cumplido tus deseos!

Después rompió en sollozos y volvió a implorar: “¡Oh dueño mío! Háblame, que yo te oiga”. Entonces el supuesto negro torció la lengua y empezó a imitar el habla de los negros: “¡No hay fuerza ni poder sin la ayuda de Alah!” La bruja, al oír hablar al negro, después de tanto tiempo, dió un grito de júbilo y cayó desvanecida, pero pronto volvió en sí, y dijo: “¿Es que mi dueño está curado?” Entonces el rey, fingiendo la voz y haciéndola muy débil, dijo: “¡Oh miserable libertina! No mereces que te hable”. Y ella dijo: “¿Pero por qué?” Y él contestó: “Porque siempre estás castigando a tu marido, y él da voces, y esto me quita el sueño toda la noche hasta la mañana. De otro modo ya habría yo recobrado las fuerzas. Eso precisamente me impide contestarte”. Y ella dijo: “Pues ya que tú me lo mandas, lo libraré del estado en que se encuentra”. Y él contestó: “Sí, líbralo y recobraremos la tranquilidad”. Y dijo la bruja: “Escucho y obedezco”. Después salió de la cúpula, marchó al palacio, cogió una taza de cobre llena de agua, pronunció unas palabras mágicas, y el agua empezó a hervir, como hierve en la marmita. Entonces echó un poco de esta agua al joven y dijo: “¡Por la fuerza de mi conjuro, te mando que salgas de esa forma y recuperes la primitiva!” Y el joven se sacudió todo él, se puso de pie, y exclamó muy dichoso al verse libre: “¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el Profeta de Alah! ¡Sean con El la bendición y la paz de Alah!” Y ella dijo: “¡Vete, y no vuelvas por aquí porque te mataré!”. Y se lo gritó en la cara. Entonces el joven se fue de entre sus manos. Y he aquí todo lo referente a él.
En cuanto ala bruja, volvió en seguida a la cúpula, descendió al subterráneo y dijo: “¡Oh dueño mío! levántate, que te vea yo”. Y el rey contestó muy débilmente: “Aun no has hecho nada. Queda otra cosa para que recobre la tranquilidad. No has suprimido la causa principal de mis males”. Y ella dijo: “¡Oh amado mío! ¿cuál es esa causa principal?” Y el rey contestó: Esos peces del lago, los habitantes de la antigua ciudad y de las cuatro islas, no dejan de sacar la cabeza del agua a medianoche, para lanzar imprecaciones contra ti y contra mí. Y este es el motivo de que no recobre yo las fuerzas. Libértalos, pues. Entonces podrás venir a darme la mano y ayudarme a levantar, porque seguramente habré vuelto a la salud”.
Cuando la bruja oyó estas palabras, que creía del negro, exclamó muy alegre: “¡Oh, dueño mío! pongo tu voluntad sobre mi cabeza, y sobre mis ojos”. E invocando el nombre de Bismillah, se levantó muy dichosa, echó a correr, llegó al lago, cogió un poco de agua y…

En ese momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que cuando los peces empezaron a hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y dijo: “Es esta una cosa que verdaderamente no podría ocultar al rey”. Después se marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su presencia. Y mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces iguales a los primeros, para lo cual le dió tres días de plazo. Pero el pescador marchó en seguida al estanque, y trajo inmediatamente los cuatro peces. Entonces el rey dispuso que le dieran cuatrocientos dinares, y volviéndose hacia el visir, le dijo: “Prepara tú mismo delante de mí esos pescados”. Y el visir contestó: “Escucho y obedezco”. Y entonces mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso a freír los peces, después de haberlos limpiado bien, y en cuanto estuvieron fritos por un lado, los volvió del otro. Y de pronto se abrió la pared de la cocina y salió un negro semejante a un búfalo entre los búfalos, o a un gigante de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz clara y terrible: “¡Oh peces! ¡oh peces! ¿Seguís sosteniendo vuestra antigua promesa?”.

Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: “Cierto que sí, cierto que sí”. Y declamaron a coro estos versos:

¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes, gritaremos tanto que acabarás por ceder!

Después el negro se acercó a la sartén, la volcó con la rama, y los peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fue entonces por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido de la vista de todos, dijo el rey: “Es éste un asunto sobre el cual, verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que estos peces deben tener una historia muy extraña”. Y entonces mandó llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador le dijo: “¿De dónde proceden estos peces?” El pescador contestó: “De un estanque situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu ciudad”. Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: “¿Cuántos días se tarda en llegar a ese sitio?”.

Y dijo el pescador: “¡Oh sultán, señor nuestro! Basta con media hora”.

El sultán quedó sorprendidísimo, y mandó a sus soldados que marchasen inmediatamente con el pescador. Y el pescador iba muy contrariado, maldiciendo en secreto al efrit. Y el rey y todos partieron y subieron a una montaña, y bajaron hasta una vasta llanura que en su vida habían visto anteriormente. Y el sultán y los soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces de cuatro colores: rojos, blancos, azules y amarillos. Y el rey se detuvo y preguntó a los soldados y a cuantos estaban presentes: “¿Hay alguno de vosotros que haya visto anteriormente ese lago en este lugar?” Y todos respondieron: “¡Oh, no!”. Y el rey dijo: “¡Por Alah! No volveré jamás a mi capital ni me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este lago y los peces que encierra”. Y mandó a los soldados que cercaran las montañas. Y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó a su visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas las ciencias. Cuando se presentó ante el rey, éste le dijo: “Tengo intención de hacer una cosa y voy a enterarte de ella. Deseo aislarme completamente esta noche y marchar yo solo a descubrir el misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás a la puerta de mi tienda, y dirás a los emires, visires y chambelanes: “El sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar a nadie”. Y a ninguno revelarás mi intención”. De este modo el visir no podía desobedecer.

Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se escabulló de entre su gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando toda la noche sin detenerse hasta la mañana, en que el calor, demasiado excesivo, le obligó a descansar. Después anduvo durante todo el resto del día y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí que vió a lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: “Es probable que encuentre allí a alguien que me contará la historia del lago y sus peces”. Y al acercarse a esta cosa negra vió que aquello era un palacio enteramente construido con piedras negras, reforzado con grandes chapas de hierro, y que una de las hojas de la puerta estaba abierta y la otra cerrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la puerta, llamó suavemente, pero como no le contestasen llamó por segunda y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó por cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces se dijo: “No hay duda, este palacio está desierto”. Y en seguida, tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó a un pasillo, y allí dijo en alta voz: “¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un caminante que pide provisiones para continuar su viaje”.

Después reiteró su demanda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen, afirmósu corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta el centro del palacio. Y no encontró a nadie. Pero vió que todo el palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de un patio interior había un estanque coronado por cuatro leones de oro rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba perlas y pedrería. En torno veíanse numerosos pájaros, pero no podían volar fuera del palacio, por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no encontrar a alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los peces, de las montañas y del palacio. Después se sentó entre dos puertas, y meditó profundamente. Pero de pronto oyó una queja muy débil que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que cantaba quedamente estos versos:

¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amores fué revelado…! ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para convertirse en insomnio constante!

¡Oh amor! ¡Viniste al oír mi voz pero cuánta tortura dejaste mis pensamientos          

¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no vayáis a visitar a Aquella que es toda mi alma, para hacerla padecer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!

Cuando el rey oyó estas quejas amargas se levantó y se dirigió hacia el lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz. Levantó el tapiz, y en un gran salón vió un joven que estaba reclinado en un gran lecho. Este joven era muy hermoso; su frente parecía una flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar negro.

Ya lo dijo el poeta:

¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el espectáculo de sus gracias!

 ¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!

Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: “¡La paz sea contigo!”. Y el joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bordado de oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por to da su persona, devolvió el saludo del rey y le dijo: “¡Oh señor! ¡Perdona que no me pueda levantar!”. Pero el rey contestó: “¡Oh joven! Entérame de la historia de ese lago y de sus peces de colores, así como del misterio de este palacio y de la causa de su soledad y de tus lágrimas”.

Al oírlo, el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían a lo largo de sus mejillas, y el rey se asombró y le dijo: “¡Oh joven! ¿qué es lo que te hace llorar?” Y el joven respondió: “¿Cómo no he de llorar, si me veo en este estado?” Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su túnica, la levantó. Y entonces el rey vió que toda la mitad inferior del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el ombligo hasta el cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: “Sabe, ¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, a fin de que todo el mundo la viera, sería una gran lección para el observador cuidadoso”.

Y el joven contó la historia que sigue:

 HISTORIA DEL JOVEN ENCANTADO Y DE LOS PECES

Sabe, ¡oh señor! que mi padre era rey de esta ciudad. Se llamaba Mahmud, y era rey de las Islas Negras y de estas cuatro montañas. Mi padre reinó setenta años, y después se extinguió en la misericordia del Retribuidor. Después de su muerte, fui yo sultán y me casé con la hija de mi tía. Me quería con amor tan poderoso, que si por casualidad tenía que separarme de ella, no comía ni bebía hasta mi regreso. Y así siguió bajo mi protección durante cinco años, hasta que fue un día al hammam, después de haber mandado al cocinero que preparase los manjares para nuestra cena. Entré en el palacio y reclinándome en el lugar de costumbre, mandé a dos esclavas que me hicieran aire con los abanicos. Una se puso a mi cabeza y otra a mis pies. Pero pensando en la ausencia de mi esposa, se apoderó de mí el insomnio, y no pude conciliar el sueño, porque ¡si mis ojos se cerraban, mi alma permanecía en vela! Oí entonces a la esclava que estaba detrás de mi cabeza hablar de este modo a la que estaba a mis pies: “¡Oh Masauda! ¡Qué desventurada juventud la de nuestro dueño! ¡Qué tristeza para él tener una esposa como nuestra ama, tan pérfida y tan criminal!”. Y la otra respondió: ¡Maldiga Alah a las mujeres adúlteras! Porque esa infame nunca podrá tener un hombre mejor que nuestro dueño, y sin embargo, se pasa las noches en el lecho de unos y otros”. Y la primera esclava dijo: “Nuestro dueño debe de ser muy impasible cuando no hace caso de las acciones de esa mujer”. Y repuso la otra: “¿Pero qué dices? ¿Puede sospechar siquiera nuestro amo lo que hace ella? ¿Crees que la dejaría en libertad de obrar así? Has de saber que esa pérfida pone siempre algo en la copa en que bebe nuestro amo todas las noches antes de acostarse. Le echa banj ( Bang o Bani. Haschis, mariguana o cualquier droga como el extracto de beleño) y le hace dormir con eso. En tal estado, no puede saber lo que ocurre, ni a dónde va ella, ni lo qué hace. Entonces, después de darle a beber el banj, se viste y se va, dejándole solo, y no vuelve hasta el amanecer. Cuando regresa, le quema una cosa debajo de la nariz para que la huela, y así despierta nuestro amo de su sueño”.

En el momento que oí ¡oh señor! lo que decían las esclavas, se cambió en tinieblas la luz de mis ojos. Y deseaba ardientemente que viniera la noche para encontrarme de nuevo con la hija de mi tío. Por fin volvió del hammam. Y entonces se puso la mesa, y estuvimos comiendo durante una hora, dándonos mutuamente de beber, como de costumbre, después pedí el vino que solía beber todas las noches antes de acostarme, y ella me acercó la copa. Pero yo me guardé muy bien de beber, y fingí que la llevaba a los labios, como de costumbre, pero la derramé rápidamente por la abertura de mi túnica, y en la misma hora y en el mismo instante me eché en la cama, haciéndome el dormido. Y ella dijo entonces: “¡Duerme! ¡Y así no te despiertes nunca más! ¡Por Alah, te detesto! Y detesto hasta tu imagen, y mi alma está harta de tu trato”. Después se levantó, se puso su mejor vestido, se perfumó, se ciñó una espada, y abriendo la puerta del palacio se marchó. En seguida me levanté yo también, y la fui siguiendo hasta que hubo salido del palacio. Y atravesó todos los zocos, y llegó por fin hasta las puertas de la ciudad, que estaban cerradas. Entonces habló a las puertas en un lenguaje que no entendí, y los cerrojos cayeron y las puertas se abrieron, y ella salió. Y yo eché a andar detrás de ella, sin que lo notase, hasta que llegó a unas colinas formadas por los amontonamientos de escombros, y a una torre coronada por una cúpula y construida de ladrillos. Ella entró por la puerta, y yo me subí a lo alto de la cúpula, donde había una terraza, y desde allí me puse a vigilarla. Y he aquí que ella entró en la habitación de un negro muy negro. Este negro era horrible, tenía el labio superior como la tapadera de una marmita y el inferior como la marmita misma, ambos tan colgantes, que podían escoger los guijarros entre la arena. Estaba podrido de enfermedades y tendido sobre un montón de cañas de azúcar.

Al verle, la hija de mi tío besó la tierra entre sus manos, y él levantó la cabeza hacia ella, y le dijo: “¡Desdichas sobre ti!” ¿Cómo has tardado tanto? He convidado a los negros, que se han bebido el vino y se han entrelazado ya con sus queridas. Y yo no he querido beber por causa tuya”. Ella contestó: “¡Oh dueño mío, querido de mi corazón! ¿no sabes que estoy casada con el hijo de mi tío, que detesto hasta su imagen y que me horroriza estar con él? Si no fuese por el temor de hacerte daño, hace tiempo que habría derruído toda la ciudad, en la que sólo se oiría la voz de la corneja y el mochuelo, y además habría transportado las ruinas al otro lado del Cáucaso”.

Y contestó el negro: “¡Mientes, infame! Juro por el honor y por las cualidades viriles de los negros, y por nuestra infinita superioridad sobre los blancos, que como vuelvas a retrasarte otra vez, a partir de este día, repudiaré tu trato y no pondré mi cuerpo encima del tuyo. ¡Oh pérfida traidora! De seguro que te has retrasado para saciar en otra parte tus deseos de hembra. ¡Qué basura! ¡Eres la más despreciable de las mujeres blancas!” Después la cogió debajo de él. Y llegó entre ellos aquello que llegó.

Así narraba el príncipe dirigiéndose al rey. Y prosiguió de este modo:

“Cuando oí toda aquella conversación y vi con mis propios ojos eso que siguió entre ambos, el mundo se convirtió en tinieblas para mí y no supe ni dónde estaba. En seguida la hija de mi tío rompió a llorar y a lamentarse humildemente entre las manos del negro, y le decía: “¡Oh, amante mío, orgullo de mi corazón! ¡No tengo a nadie más que a ti! ¡Si me despidieses me moriría! ¡Oh, amor mío! ¡Luz de mis ojos”. Y no cesó en su llanto ni en sus súplicas hasta que la hubo perdonado. Entonces, llena de alegría, se levantó, se quitó todos los vestidos, incluso el calzón, y se quedó completamente desnuda. Y dijo después: “Amo mío, ¿tienes con qué alimentar a tu esclava?”. Y contestó el negro: “Levanta la tapadera de la cacerola, allí encontrarás un guisado de huesos de ratones, que ha de satisfacerte. En este jarro que ves ahí hay buza (bebida fermentada de baja calidad muy apreciada por los negros) y la puedes beber”.

Y ella comió y bebió y fué a lavarse las manos. Después se acostó sobre el montón de cañas, y completamente desnuda se acurrucó contra el negro, cubriéndose con unos harapos infectos.

Al ver todas estas cosas que hacía la hija de mi tío, no pude contenerme más, y bajando de la cúpula y precipitándome en la habitación, cogí la espada que llevaba la hija de mi tío, resuelto a matar a ambos.

Y comencé por herir primeramente al negro, dándole un tajo en el cuello, y creí que había perecido”.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana, Schahriar entró en la sala de justicia, y el diwán estuvo lleno hasta el fin del día. Después el rey volvió a palacio, y Doniazada dijo a su hermana: “Te ruego que prosigas tu relato”. Y ella respondió: “De todo corazón, y como homenaje debido”.

Schehrazada dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit: “Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pero no has querido más que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y te arrojaré a ese mar”, entonces el efrit clamó y dijo:

“¡Por Alah sobre ti! ¡oh pescador, no lo hagas! y consérvame generosamente, sin reconvenirme por mi acción, pues si yo fui criminal tú debes ser benéfico, y los proverbios conocidos dicen: “¡Oh tú, que haces bien a quien mal hizo; perdona sin restricciones el crimen del malhechor!”
Y tú, ¡oh pescador!, no hagas conmigo lo que hizo Umama con Atika”. El pescador dijo: “¿Y qué caso fué ese?” Y respondió el efrit: “No es ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo te contaré ese caso”. Pero el pescador dijo: “¡Oh, eso nunca! Es absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que tengas medio de salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He comprendido, por tu conducta conmigo, que eres de mala raza. Pero has de saber que voy a echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido a todos los que intenten sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces permanecerás en ese mar hasta el fin de los tiempos para disfrutar todos los suplicios”. El efrit le contestó: “Suéltame, que ha llegado el momento de contarte la historia. Además, te prometo no hacerte jamás ningún daño, y te seré muy útil en un asunto que te enriquecerá para siempre”. Entonces el pescador se fijó bien en esta promesa de que si libertaba al efrit, no sólo no le haría jamás daño, sino que le favorecería en un buen negocio. Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó juramento por el nombre de Alah Todopoderoso, el pescador abrió el jarrón. Entonces el humo empezó a subir, hasta que salió completamente, y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El efrit dió un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vió que el jarrón iba camino del mar, dió por segura su propia perdición, y orinándose encima, dijo: “Verdaderamente, no es esto una buena señal”. Después intentó tranquilizarse y dijo: “¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha dicho: “Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de ellos”. Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida. Y yo te digo lo que el médico Ruyán al rey Yunán: “Consérvame, y Alah te conservará”.
Al oír estas palabras, el efrit rompió a reír y echando a andar delante de él, dijo: “¡Oh pescador, sígueme!” Y el pescador echó a andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así salieron completamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron a una montaña, y bajaron a una vasta llanura, en medio de la cual había un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la red y pescase. Y el pescador miró a través del agua, y vió peces blancos y peces rojos, azules y amarillos. Al verlos se maravilló el pescador; después echó su red y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro peces, cada uno de color distinto.
Y se alegró mucho, y el efrit le dijo: “Ve con esos peces al palacio del sultán, ofrécelos y te dará con qué enriquecerte. Y, mientras tanto, ¡por Alah!, discúlpame mis rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el fondo del mar, donde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo ni la superficie de la tierra. En cuanto a ti, vendrás todos los días a pescar a este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te guarde con su protección”. Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra, y la tierra se abrió y le tragó.
Entonces el pescador volvió a la ciudad, muy maravillado de lo que le había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó a su casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y colo có en ella los peces, que comenzaron a nadar en el agua contenida en la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al palacio del rey, según el efrit le había encargado. Cuando el pescador se presentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador, porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de aquella calidad, y dispuso: “Que entreguen esos peces a nuestra cocinera negra”. Porque esta esclava se la había regalado, hacía tres días solamente, el rey de los Rum, y aun no había tenido ocasión de lucirse en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los peces, y le dijo: “¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te diga: “Si te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo para el día del ataque.” (Para las grandes ocasiones)
“De modo que demuéstranos hoy tu arte de cocinera y lo bueno de tus platos”. Dicho esto, volvió el visir después de hacer sus encargos, y el rey ordenó que diera al pescador cuatrocientos dinares. Habiéndoselos dado el visir, los guardó el pescador en una halda de su túnica, y volvió a su casa, cerca de su esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró a sus hijos todo lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.
En cuanto a la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en seguida del otro. Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle, mejillas redondas y tersas, párpados pintados con kohl negro, rostro gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo de seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de bambú.
. Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: “¡Oh peces! ¿seguís sosteniendo vuestra promesa?” Al ver aquello la esclava se desmayó y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez. Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: “¡Oh, sí… ! ¡Oh, sí… !” Y entonaron a coro la siguiente estrofa:

¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si quisieras escaparte, no hemos de cejar hasta que te declares vencida!

Al oír estas palabras, la joven derribó la sartén, y salió por el mismo sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.
Cuando la esclava volvió de su desmayo, vió que se habían quemado los cuatro peces, y estaban negros como el carbón. Y comenzó a decir: “¡Pobres pescados! ¡Pobres pescados!” Y mientras seguía la mentándose, he aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le dijo: “Llévale los pescados al sultán”. Y la esclava se echó a llorar, y le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se quedó muy maravillado, y dijo: “Eso es verdaderamente una historia muy rara”. Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presentó el pescador, le dijo: “Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces como los que trajiste la primera vez”. Y el pescador se dirigió al estanque, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó al visir. Y el visir fué a entregárselos a la negra, y le dijo: “¡Levántate! ¡Vas a freírlos en mi presencia, para que yo vea qué asunto es éste!” Y la negra se levantó, preparó los peces y los puso al fuego en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, hete aquí que se hendió la pared, y apareció la joven vestida siempre con las mismas vestiduras, y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y dijo: “¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua promesa?”. Y los peces levantaron la cabeza, y cantaron a coro esta estrofa:

¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! Pero si tú reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos resarciremos!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

 

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit comenzó a agitarse, convirtiéndose nuevamente en humareda que subía hasta el firmamento. Después se condensó, y empezó a entrar enel jarrón poco a poco, hasta el fin. Entonces el pescador cogió rápidamente la tapadera de plomo, con el sello de Soleimán, y obstruyó la boca del jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: “Elige y pesa la clase de muerte que más te convenga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa junto a la orilla, e impediré a todo el mundo que pesque, diciendo: “Allí hay un efrit, y si lo libran quiere matar a los que le libertan”.
Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la elección. Al oírle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vió que estaba encarcelado y tenía encima el sello de Soleimán, convenciéndose entonces de que el pescador le había encerrado en un calabozo contra el cual no pueden prevalecer ni los más débiles ni los más fuertes de los efrits. Y comprendiendo que el pescador le llevaría hacia el mar, suplicó: “No me lleves, ¡no me lleves!” Y el pescador dijo: “No hay remedio”. Entonces, dulcificando su lenguaje, exclamó el efrit: “¡Ah pescador! ¿Qué vas a hacer conmigo?” El otro dijo: “Echarte al mar, que si has estado en él mil ochocientos años, no saldrás esta vez hasta el día del juicio. ¿No te rogué yo que me de¡aras la vida para que Alah la conservase a ti y no me mataras para que Alah no te matase?
Obrando infamemente rechazaste mi plegaria. Por eso Alah te ha puesto en mis manos, y no me remuerde el haberte engañado.”
Entonces, dijo el efrit: “Abreme el jarrón y te colmaré de beneficios.”
El pescador respondió: “Mientes, ¡oh maldito! Entre tú y yo pasa exactamente lo que ocurrió entre el visir del rey Yunán y el médico Ruyán.”
Y el efrit dijo: “¿Quiénes eran el visir del rey Yunán y el médico Ruyán?. .. ¿Qué historia es ésa?”

HISTORIA DEL VISIR DEL REY YUNAN Y EL MEDICO RUYAN

El pescador dijo:

“Sabrás, ¡oh, efrit! , que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo en la ciudad de Fars, en el país de los rumán ( los romanos y los grigos de Bizancio. Por extensión los cristianos) un rey llamado Yunán. Era rico y poderoso, señor de ejércitos, dueño de fuerzas considerables y de aliados de todas las especies de hombres. Pero su cuerpo padecía una lepra que desesperaba a los médicos y los sabios. Ni drogas, ni píldoras, ni pomadas le hacían efecto alguno, y ningún sabio pudo encontrar un eficaz remedio para la espantosa dolencia. Pero cierto día llegó a la capital del rey Yunán un médico anciano de renombre, llamado Ruyán. Había estudiado los libros griegos, persas, romanos, árabes y sirios, así como la medicina y la astronomía, cuyos principios y reglas no ignoraba, así como sus buenos y malos efectos. Conocía las virtudes de las plantas grasas y secas y también sus buenos y malos efectos. Por último, había profundizado la filosofía y todas las ciencias médicas y otras muchas además.
Cuando este médico llegó a la ciudad y permaneció en ella algunos días, supo la historia del rey y de la lepra que le martirizaba por la voluntad de Alah, enterándose del fracaso absoluto de todos los médicos y sabios. Al tener de ello noticia, pasó muy preocupado la noche. Pero no bien despertó por la mañana –al brillar la luz del día y saludar el sol al mundo, magnífica decoración del Optimo– se puso su mejor traje y fue a ver al rey Yunán. Besó la tierra entre las manos del rey (1) e hizo votos por la duración eterna de su poderío y de las gracias de Alah y de todas las mejores cosas. Después le enteró de quién era, y le dijo:
“He averiguado la enfermedad que atormenta tu cuerpo y he sabido que un gran número de médicos no ha podido encontrar el medio de curarla. Voy, ¡oh rey! a aplicarte mi tratamiento, sin hacerte beber medicinas ni untarte con pomadas.”
Al oírlo, el rey Yunán se asombró mucho, y le dijo: “¡Por Alah! que si me curas te enriqueceré hasta los hijos de tus hijos, te concederé todos tus deseos y serás mi compañero y mi amigo.” En seguida le dió un hermoso traje y otros presentes, y añadió :”¿Es cierto que me curarás de esta enfermedad sin medicamentos ni pomadas?”

(1)Besar la tierra entre las manos del rey” equivale a decir que se inclinó hasta el suelo y la besó delante del rey. (2) Plaza consagrada a los juegos

Y respondió el otro: “Sí, ciertamente. Te curaré sin fatiga ni pena para tu cuerpo”. El rey le dijo, cada vez más asombrado: “¡Oh gran médico! ¿Qué día y qué momento verán realizarse lo que acabas de prometer? Apresúrate a hacerlo, hijo mío.” Y el médico contestó: “Escucho y obedezco.”
Entonces salió del palacio y alquiló una casa, donde instaló sus libros, sus remedios y sus plantas aromáticas. Después hizo extractos de sus medicamentos y de sus simples, y con estos extractos construyó un mazo corto y encorvado, cuyo mango horadó, y también hizo una pelota, todo esto lo mejor que pudo. Terminado completamente su trabajo, al segundo día fué a palacio, entró en la cámara del rey y besó la tierra entre sus manos. Después le prescribió que fuera a caballo al meidán (2) y jugara con la bola y el mazo.
Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes del reino. Apenas había llegado al meidán, se le acercó el médico y le entregó el mazo, diciéndole: “Empúñalo de este modo y da con toda tu fuerza en la pelota. Y haz de modo que llegues a sudar. De este modo el remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo. Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa a tu palacio, ve en seguida a bañarte al hammam y quedarás curado. Ahora, la paz sea contigo.”
El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con fuerza. Intrépidos jinetes montaron a caballo y le echaron la pelota. Entonces empezó a galopar detrás de ella para alcanzarla y golpearla, siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar a que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el médico Ruyán vió que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que volviera a palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida y dispuso que le prepararan el hammam.
Se lo prepararon con gran prisa, y los esclavos apresuráronse también a disponerle la ropa. Entonces el rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del hammam para montar a caballo, volver a palacio y echarse a dormir.
Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste regresó a su casa, se acostó, y al despertar por la mañana fué a palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió, entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente algunas estrofas:

¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no sabría elegir ya a otro más que a ti!
¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido!

¡Ojalá ese glorioso semblante siga con la luz de su frescura y alcance a ver cómo las arrugas surcan la cara del Tiempo!

¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!

¡Tus altas hazañas te han hecho alcanzar las cimas de la gloria y eres el amado del Destino, que ya no puede negarte nada!

Recitados los versos, el rey se puso de pie, y cordialmente tendió sus brazos al médico. Luego le sentó a su lado, y le regaló magníficos trajes de honor.
Porque, efectivamente, al salir del hammam el rey se había mirado el cuerpo, sin encontrar rastro de lepra, y vió su piel tan pura como la plata virgen. Entonces se dilató con gran júbilo su pecho. Y al otro día, al levantarse el rey por la mañana, entró en el diwán, se sentó en el trono y comparecieron los chambelanes y grandes del reino, así como el médico Ruyán. Por esto, al verle, el rey se levantó apresuradamente y le hizo sentar a su lado. Sirvieron a ambos manjares y bebidas durante todo el día. Y al anochecer, el rey entregó al médico dos mil dinares, sin contar los trajes de honor y magníficos presentes, y le hizo montar su propio corcel. Y entonces el médico se despidió y regresó a su casa.
El rey no dejaba de admirar el arte del médico ni de decir: “Me ha curado por el exterior de mi cuerpo sin untarme con pomadas. ¡Oh Alah! ¡Qué ciencia tan sublime! Fuerza es colmar de beneficios a este hombre y tenerle para siempre como compañero y amigo afectuoso.” Y el rey Yunán se acostó, muy alegre de verse con el cuerpo sano y libre de su enfermedad.
Cuando al otro día, se levantó el rey y se sentó en el trono, los jefes de la nación pusiéronse de pie, y los emires y visires se sentaron a su derecha y a su izquierda. Entonces mandó llamar al médico Ruyán, que acudió y besó la tierra entre sus manos. El rey se levantó en honor suyo, le hizo sentar a su lado, comió en su compañía, le deseó larga vida y le dio magníficas telas y otros presentes, sin dejar de conversar con él hasta el anochecer, y mandó le entregaran a modo de remuneración cinco trajes de honor y mil dinares. Y así regresó el médico a su casa, haciendo votos por el rey.
Al levantarse por la mañana, salió el rey y entró en el diwán, donde le rodearon los emires, los visires y los chambelanes. Y entre los visires uno de cara siniestra, repulsiva, terrible, sórdidamente avaro, envidioso y saturado de celos y de odio. Cuando este visir vió que el rey colocaba a su lado al médico Ruyán y le otorgaba tantos beneficios, le tuvo envidia y resolvió secretamente perderlo. El proverbio lo dice:

“El envidioso ataca a todo el mundo. En el corazón del envidioso está emboscada la persecución y la desarrolla si dispone de fuerza o la conserva latente la debilidad”.

El visir se acercó al rey Yunán, besó la tierra entre sus manos , y dijo: “¡Oh rey del siglo y del tiempo, que envuelves a los hombres en tus beneficios! Tengo para ti un consejo de gran importancia, que no podría ocultarte sin ser un mal hijo. Si me mandas que te lo revele, yo te lo revelaré”. Turbado entonces el rey por las palabras del visir, le dijo: “¿Qué consejo es el tuyo?” El otro respondió: “¡Oh rey glorioso! los antiguos han dicho: “Quien no mire el fin y las consecuencias no tendrá a la Fortuna por amiga”, y justamente acabo de ver al rey obrar con poco juicio otorgando sus bondades a su enemigo, al que desea el aniquilamiento de su reino, colmándole de favores, abrumándole con generosidades. Y yo, por esta causa, siento grandes temores por el rey”.
Al oír esto, el rey se turbó extremadamente, cambió de color, y dijo: “¿Quién es el que supones enemigo mío y colmado por mis favores?” Y el visir respondió: “¡Oh rey! Si estás dormido, despierta, porque aludo al médico Ruyán”. El rey dijo: “Ese es buen amigo mío, y para mí el más querido de los hombres, pues me ha curado con una cosa que yo he tenido en la mano y me ha librado de mi enfermedad, que había desesperado a los médicos. Ciertamente que no hay otro como él en este siglo, en el mundo entero, lo mismo en Occidente que en Oriente. ¿Cómo te atreves a hablarme así de él? Desde ahora le voy a señalar un sueldo de mil dinares al mes. Y aunque le diera la mitad de mi reino, poco sería para lo que merece. Creo que me dices todo eso por envidia, como se cuenta en la historia, que he sabido, del rey Sindabad”.

En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazada, que interrumpió su narración.
Entonces Doniazada le dijo: “¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán puras, cuán deliciosas son tus palabras!” Y Schehrazada dijo: “¿Qué es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima,
si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme?”
Entonces el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré sin haber oído la continuación de su historia, que es verdaderamente maravillosa”. Luego pasaron ambos la noche enlazados hasta por la mañana. Y el rey fué al diwán y juzgó, otorgó, destituyó y despachó los asuntos pendientes hasta acabarse el día. Después se levantó el diwán y el rey entró en su palacio. Y cuando se aproximó la noche hizo su cosa acostumbrada con Schehrazada, la hija del visir.

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Yunán dijo a su visir: “Visir, has dejado entrar en ti la envidia contra el médico, y quieres que yo lo mate para que luego me arrepienta, como se arrepintió el rey Sindabad después de haber matado al halcón”. El visir preguntó: “¿Y cómo ocurrió eso?”

Entonces el rey Yunán contó:

EL HALCON DEL REY SINDABAD

Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy aficionado a diversiones, a paseos por los jardines y a toda especie de cacerías. Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de noche, pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de caza lo llevaba consigo,y le había colgado del cuello un vasito de oro, en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio, y vió de pronto venir al wekil (intendente) que estaba encargado de las aves de caza, y le dijo: “¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza”. Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño. Salieron después y llegaron a un valle, donde armaron las redes de caza. Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: Mataré a aquel por cuyo lado pase la gacela”.
Empezaron a estrechar la red en torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey comenzó a dar palmaditas para hacer huir a la gacela, pero ésta brincó y pasó por encima de su cabeza y se internó tierra adentro.
El rey se volvió entonces hacia los guardias, y vió que guiñaban los ojos maliciosamente. Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: “¿Por qué se hacen esas señas mis soldados?” Y el visir contestó: “Dicen que has jurado matar a aquel por cuya proximidad pasase la gacela”. Y el rey exclamó: “¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar a esa gacela!” Y se puso a galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le dió con el pico en los ojos de tal manera, que la cegó y la hizo sentir vértigos. Entonces el rey empuñó su maza, golpeando con ella a la gacela hasta hacerla caer desplomada. En seguida descabalgó, degollándola y desollándola, y colgó del arzón de la silla los despojos.
Hacía bastante calor, y aquel lugar era desierto, árido, y carecía de agua. El rey tenía sed y también el caballo. Y el rey se volvió y vió un árbol del cual brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dió con la pata al vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el halcón le dió con la pata por segunda vez, y lo volcó. Y el rey se encolerizó contra el halcón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se lo presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala.
Entonces dijo el rey: “¡Alah te sepulte, oh la más nefasta de las aves de mal agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba el caballo”. Y dió con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces el halcón, irguiendo la cabeza, le dijo por señas: “Mira lo que hay en el árbol”. Y el rey levantó los ojos y vió en el árbol una serpiente, y el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón. Después se levantó, montó a caballo, se fué, llevándose la gacela, y llegó a su palacio.
Le dió la gacela al cocinero, y le dijo: “Tómala y guísala”. Luego se sentó en su trono, sin soltar al halcón. Pero el halcón, tras una especie de estertor, murió. El rey, al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y de amargura por haber matado al halcón que le había salvado de la muerte.

¡Tal es la historia del rey Sindabad!”

Cuando el visir hubo oído el relato del rey Yunán, le dijo: “¡Oh gran rey lleno de dignidad! ¿qué daño he hecho yo cuyos funestos efectos hayas tú podido ver? Obro asi por compasión hacia tu persona. Y ya verás cómo digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no, perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey entre los reyes.

HISTORIA DEL PRINCIPE Y LA VAMPIRO

El rey de que se trata tenía un hijo aficionadísimo a la caza con galgos, y tenía también un visir. El rey mandó al visir que acompañara a su hijo allá donde fuese. Un día entre los días, el hijo salió a cazar con galgos, y con él salió el visir. Y ambos vieron un animal monstruoso. Y el visir dijo al hijo del rey: “¡Anda contra esa fiera! ¡Persíguela!” Y el príncipe se puso a perseguir a la fiera hasta que todos le perdieron de vista. Y de pronto la fiera desapareció del desierto. Y el príncipe permanecía perplejo, sin saber hacia dónde ir, cuando vió en lo más alto del camino una joven esclava que estaba llorando. El príncipe le preguntó: “¿Quién eres?” Y ella respondió: “Soy la hija de un rey de reyes de la India. Iba con la caravana por el desierto, sentí ganas de dormir,y me caí de la cabalgadura sin darme cuenta.Entonces me encontré sola y abandonada”. A estas palabras, sintió lástima el príncipe y emprendió la marcha con la joven, llevándola a la grupa de su mismo caballo. Al pasar frente a un bosquecillo, la esclava le dijo: “¡Oh señor, desearía evacuar una necesidad!” Entonces el príncipe la desmontó junto al bosquecillo, y viendo que tardaba mucho, marchó detrás de ella sin que la esclava pudiera enterarse. La esclava era un vampiro, y estaba diciendo a sus hijos: “¡Hijos míos, os traigo un joven muy robusto!” Y ellos dijeron: “¡Tráenoslo, madre, para que lo devoremos!” Cuando lo oyó el príncipe, ya no pudo dudar de su próxima muerte, y las carnes le temblaban de terror mientras volvía al camino. Cuando salió la vampiro de su cubil, al ver al príncipe temblar como un cobarde, le preguntó: “¿Por qué tienes miedo?” Y él dijo: “Hay un enemigo que me inspira temor”. Y prosiguió la vampiro: “Me has dicho que eres un príncipe…” Y respondió él: “Así es la verdad”. Y ella le dijo: “Y entonces, ¿por qué no das algún dinero a tu enemigo para satisfacerle?” El príncipe replicó: “No se satisface con dinero. Sólo se contenta con el alma. Por eso tengo miedo, como víctima de una injusticia”. Y la vampiro le dijo: “Si te persiguen como afirmas, pide contra tu enemigo la ayuda de Alah, y El te librará de sus maleficios v de los maleficiode aquellos de quienes tienes miedo”.
Entonces el principe levantó la cabeza al cielo y dijo: “¡Oh tú, que atiendes al oprimido que te implora, hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para cuanto deseas!”
Cuando la vampiro oyó estas palabras, desapareció. Y el príncipe pudo regresar al lado de su padre, y le dió cuenta del mal consejo del visir. Y el rey mandó matar al visir”.

En seguida el visir del rey Yunán prosiguió de este modo:
¡Y tú, oh rey, si te fías de ese médico, cuenta que te matará con la peor de las muertes!Aunque le hayas colmado de favores, y le hayas hecho tu amigo, está preparando tu muerte. ¿Sabes por qué te curó de tu enfermedad por el exterior de tu cuerpo, mediante una cosa que tuviste en la mano? ¿No crees que es sencillamente para causar tu pérdida con una segunda cosa que te mandará también coger?”
Entonces el rey Yunán dijo: “Dices la verdad. Hágase según tu opinión, ¡oh visir bien aconsejado! Porque es muy probable que ese médico haya venido ocultamente como un espía para ser mi perdición. Si me ha curado con una cosa que he tenido en la mano, muy bien podría perderme con otra que, por ejemplo, me diera a oler”. Y luego el rey Yunán dijo a su visir: “¡Oh visir! ¿qué debemos hacer con él?” Y el visir respondió: “Hay que mandar inmediatamente que le traigan, y cuando se presente aquí degollarlo, y así te librarás de sus maleficios, y quedarás desahogado y tranquilo. Hazle traición antes que él te la haga a ti”
Y el rey Yunán dijo: “Verdad dices, ¡oh visir!” Después el rey mandó llamar al médico, que se presentó alegre, ignorando lo que había resuelto el Clemente.

El poeta lo dice en sus versos:

¡Oh tu, que temes los embates del Destino tranquilízate! ¿ No sabes que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?

Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!

¡Y tu Señor! ¿Podré dejar pasar un día sin cantar tus alabanzas? ¿Para quién reservaría sino el don maravilloso de mi estilo rimado y mi lengua de Poeta?

¡Cada nuevo don que recibo de tus manos, ¡oh Señor! es más hermoso que el precedente v se anticipa a mis deseos!.

Por eso, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en mi alma y en público?

¡Pero he de confesar que nunca tendrán mis labios elocuencia bastante, ni mi pecho fuerza suficiente para cantar y para llevar los beneficios de que me has colmado!

¡Oh tu que dudas, confía tus asuntos a las manos de Alah , el único Sabio! ¡Y así que lo hagas tu corazón nada tendrá que temer por parte de los hombres!

¡Sabes también que nada se puede hacer por tu voluntad, sino por la voluntad del Sábio de los Sabios!

¡No desesperes pues, nunca y olvida todas las tristezas y todas las zozobras! ¿No sabes que las zozobras destruyen el corazón más firme y más fuerte?

¡Abandónaselo todo! ¡Nuestros proyectos no son más que proyectos de esclavos impotentes ante el único Ordenador!. ¡Déjate llevar! ¡Así disfrutarás de una paz duradera!

Cuando se presentó el médico Ruyán, el rey le dijo: “¿Sabes por qué te he hecho venir a mi presencia?” Y el médico contestó: “Nadie sabe lo desconocido, más que Alah el Altísimo”.
Y el rey le dijo: “Te he mandado llamar para matarte y arrancarte el alma”. Y el médico Ruyán, al oír estas palabras, se sintió asombrado, con el más prodigioso asombro, y dijo: “¡Oh rey! ¿por qué me has de matar? ¿Qué falta he cometido?” Y el rey contestó: “Dicen que eres un espía y que viniste para matarme. Por eso te voy a matar antes de que me mates”. Después el rey llamó al porta–alfanje y le dijo: “¡Corta la cabeza a ese traidor y líbranos de sus maleficios!” El médico le dijo: “Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, si no Alah te matará también”.
Después reiteró la súplica, como yo lo hice dirigiéndome a ti ¡oh efrit! sin que me hicieras caso, pues, por el contrario, persististe en desear mi muerte.
Y en seguida el rey Yunán dijo al médico: “No podré vivir confiado ni estar tranquilo como no te mate. Porque si me has curado con una cosa que tuve en la mano, creo que me matarás con otra cosa que me des a oler o de cualquier modo”. Y dijo el médico: “¡Oh rey! ¿es ésta tu recompensa? ¿Así devuelves mal por bien?” Pero el rey insistió: “No hay más remedio que darte la muerte sin demora”. Y cuando el médico se convenció de que el rey quería matarle sin remedio, lloró y se afligió al recordar los favores que había hecho a quienes no los merecían. Ya lo dice el poeta:

¡La joven y loca Moimuna es verdaderamente bien pobre de espíritu! ¡Pero su padre, en cambio, es un hombre de gran corazón y considerado entre los mejores!

¡Miradle, pues! ¡Nunca anda sin su farol en la mano, y así evita el lodo de los caminos, el polvo de las carreteras y los resbalones peligrosos… !

En seguida se adelantó el porta–alfanje, vendó los ojos del médico, y sacando la espada, dijo al rey: “Con tu venia”. Pero el médico seguía llorando y suplicando al rey: “Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, o Alah te matará a ti”.
Y recitó estos versos de un poeta:

¡Misconsejos no tuvieron ningún éxito, mientras que los consejos de los ignorantes conseguían su propósito! !No recogí más que desprecios!

¡Por esto, si logro vivir, me guardaré mucho de aconsejar! ¡Y si muero, mi ejemplo servirá a los demás para que enmudezca su lengua!

Y dijo después al rey: “¿Es ésta tu recompensa? He aquí que me tratas como hizo un cocodrilo”. Entonces preguntó el rey: “¿Qué historia es esa de un cocodrilo?” Y el médico dijo: “¡Oh señor! No es posible contarla en este estado. ¡Por Alah sobre ti! Consérvame la vida y Alah te la conservará!”
Y después comenzó a derramar copiosas lágrimas. Entonces algunos de los favoritos del rey se levantaron y dijeron: “¡Oh rey! Concédenos la sangre de este médico, pues nunca le hemos visto obrar en contra tuya; al contrario, le vimos librarte de aquella enfermedad que había resistido a los médicos y a los sabios”. El rey les contestó: “Ignoráis la causa de que mate a este médico; si lo dejo con vida, mi perdición es segura, porque si me curó de la enfermedad con una cosa que tuve en la mano, muy bien podría matarme dándome a oler cualquier otra. Tengo mucho miedo de que me asesine para cobrar el precio de mi muerte, pues debe ser un espía que ha venido a matarme. Su muerte es necesaria; sólo así podré perder mis temores”. Entonces el médico imploró otra vez: “Consérvame la vida para que Alah te la conserve; y no me mates, para que no te mate Alah”.
Pero ¡oh efrit! cuando el médico se convenció de que el rey lo iba a hacer matar sin remedio, dijo: “¡Oh rey! Si mi muerte es realmente necesaria, déjame ir a casa para despachar mis asuntos, encargar a mis parientes y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros de medicina. A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario”.
Entonces el rey preguntó al médico: “¿Qué libro es ese?” Y contestó el médico: “Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: Cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda; y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará a todas las preguntas que le dirijas”.
Al oír estas palabras el rey se asombró hasta el límite del asombro, y estremeciéndose de alegría y de emoción, dijo: “¡Oh médico! ¿Hasta cortándote la cabeza hablarás?” Y el médico respondió: “Sí, en verdad, ¡oh rey! Es, efectivamente, una cosa prodigiosa”. Entonces el rey le permitió que saliera, aunque escoltado por guardianes, y el médico llegó a su casa, y despachó sus asuntos aquel día, y al siguiente día también. Y el rey subió al diwán, y acudieron los emires, los visires, los chambelanes, los nawabs (lugartenientes o representantes del rey) y todos los jefes del reino, y el diwán parecía un jardín lleno de flores.
Entonces entró el médico en el diwán y se colocó de pie ante el rey, con un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después se sentó y dijo: “Que me traigan una bandeja”. Le llevaron una bandeja, y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces: “¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el libro”.
Pero el rey, lleno de impaciencia no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: “¡Oh médico, no hay nada escrito!”
Y el médico respondió: “Sigue volviendo más hojas del mismo modo”. Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó: “¡El veneno circula!”
Y después el médico Ruyán comenzó a improvisar versos diciendo:

¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y contra toda justicia! ¡Y sin embargo, oh Señor, la justicia existe!

¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenos, se les habría perdonado! ¡Pero oprimieron y la suerte los ha oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones!

¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es la ley! ¡Esto a cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con toda lógica!

Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey. Sabe ahora, ¡oh efritl, que si el rey Yunán hubiera conservado al médico Ruyán, Alah a su vez le habría conservado. Pero al negarse, decidió su propia muerte.
Y si tú, ¡oh efritl, hubieses querido conservarme, Alah te habría conservado.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo: “¡Qué deliciosas son tus palabras!” Y Schehrazada contestó: “Nada es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme”. Y pasaron aquella noche en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después el rey se dirigió al diwán. Y cuando terminó el diwán, volvió a su palacio y se reunió con los suyos.

Doniazada dijo: “Hermana mía, suplico que termines tu relato”. Y Schehrazada contestó: “Con toda la generosidad y simpatía de mi corazón”. Y prosiguió después:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el tercer jeique contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: “Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crimen, y dejo en libertad al mercader”.
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Doniazada dijo a su hermana Schehrazada: “¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercader y el efrit”. Y Schehrazada respondió: “De todo corazón, y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita”. Y el rey ordenó: “Puedes hablar”.
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vió llorar al ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el ganado”.
Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:
¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: “Debemos sacrificar ese ternero tan gordo”. Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.
El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo: “¡Oh amo mío! Voy a enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación”. Y yo le contesté: “Cuenta con ella”. Y me dijo: “¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja,pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vió, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reír. Luego me dijo: “Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?” Y ella me dijo: “El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fué sacrificada por el padre”. Estas palabras de mi hija me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la mañana para venir a enterarte de todo”.
Cuando oí ¡oh poderoso efrit! –prosiguió el jeique– lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté entonces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón”. Y le supliqué: “¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al cuidado de tu padre”. Sonrió al oír estas palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera, que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer”.
Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: “Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me administra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su sangre”.
Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo: “Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado, recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo”.
Ella dijo: E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a adquirir la forma humana. Entonces, arrojándose en sus brazos, le besó. Y luego le dije: “¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.
Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah hijo mío! Alah, dueño de los destinos, reservaba a alguien para salvarte y salvar tus derechos”.

(1) Diwan: Sesión de Justicia o sala de la misma

Despues de esto, !oh buen efrit! Case a mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellos supe lo ocurrido a este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia”.
Entonces exclamó el efrit: “Historia realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides”.

En este momento se acercó el segundo jeique, el de los lebreles negros, y dijo:

<b>CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE</b>

Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que estos dos perros son mis hermanos mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre nos dejó en herencia tres mil dinares.( Aprox. 30.000 pesetas)
Yo, con mi parte, abrí una tienda y me puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó a viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?”
Y echándose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo ahora”.
Le llevé conmigo a la tienda, lo acompañé luego al hammam (baño publico) y le regalé un magnífico traje de la mejor clase. Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer la cuenta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias”. Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual de mil dinares. Entonces di gracias a Alah, que es poderoso y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.
Pero de nuevo mis hermanos desearon marcharse y pretendían que yo les acompañase. No acepté, y les dije: “¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?” Entonces empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron a proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme, y les dije: “Hermanos, contemos el dinero que tenemos”. Contamos, y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: “Enterremos la mitad para poder utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por menor”. Y contestaron: “¡Alah favorezca la idea!” Cogí el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros efectos, y partimos.
Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendimos las mercancías con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.
Al llegar a orillas del mar encontramos a una mujer pobremente vestida, con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: “Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio, sabré agradecer tus bondades”. Y le dije: “Te socorreré; mas no te creas obligada a la gratitud”. Y ella me respondió: “Señor, entonces cásate conmigo, llévame a tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un beneficio. No te avergüences de mi humilde condición”. Al oír estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.
Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos sintieron celos, además de envidiarme por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitan (Satanás, el maligno) sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.
Un día, cuando estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita. Me tomó sobre sus hombros y me depositó sobre una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: “¿No reconoces a tu esposa?” Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que soy una efrita (Genio femenino). Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente en Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y preserve. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a casarte conmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. En cuanto a tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate”.
Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: “No puedo consentir la pérdida de mis hermanos”.
Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces: “Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban”. Yo repliqué: “¡Por Alah sobre ti! No hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice:”¡Oh tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo crimen”, y además considera que son mis hermanos”. Pero ella insistió: “Tengo que matarlos sin remedio”. Y en vano imploré su indulgencia. Después se echó a volar llevándome en sus hombros y me dejó en la azotea de mi casa.
Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.
Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acudió mi mujer y me dijo: “Son tus hermanos”. Y yo le dije: “¿Quién los ha puesto en esta forma?” Y ella contestó: “Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusiera en ese estado. Diez años permanecerán así”.
Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de mi cuñada, a la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcurridos los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento”.
El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo otro tercio de la sangre destinada a rescatar el crimen”.

Entonces se adelantó el tercer jeique, dueño de la mula, y dijo al efrit: “Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre”.
El efrit contestó: “Que así sea”.

Y el tercer jeique dijo:

<b>CUENTO DEL TERCER JEIQUE</b>

¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré acostada sobre los tapices de la cama con un esclavo negro. Estaban conversando y se besaban haciéndose zalamerías, riendo y excitándose con juegos. Al verme, ella se levantó súbitamente y se abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: “¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!” Inmediatamente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando hasta llegar a una carnicería, donde me puse a roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.
Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: “¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habitación”. Y repuso el padre: “¿Pero dónde está ese hombre?” Ella contestó: “Ese perro es un hombre. Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo”.
Y su padre le dijo: “¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía”. Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: “¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!” Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: “Quisiera que encantases a mi mujer como ella me encantó”. Me dió entonces un frasco con agua, y me dijo: “Si encuentras dormida a tu mujer, rocíale con esta agua y se convertirá en lo que quieras”. Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: “¡Sal de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se transformó en una mula, y es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits”.
El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es verdad todo eso?” Y la mula movió la cabeza como afirmando: “Sí, sí; todo es verdad”.
Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.
En aquel momento Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: “¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!” Y Schehrazada contestó: “Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme”. Y el rey se dijo: “¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso”.
Después el rey y Schehrazada pasaron enlazados la noche hasta por la mañana. Entonces el rey marchó a la sala de justicia.
Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diwán de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dió órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diwán y el rey volvió a palacio

CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE

“Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que éstos dos perros son mis hermanos. mayores y yo soy eltercero. Al morir nuestro padre nos dejó en herencia tres mil dinares. Yo, con mi parte, abrí una tienda y mepuse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó a viajar con las caravanas,y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh hermanomío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?” Y echándose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah, quees grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengoahora.” Le lleve conmigo a la tienda, lo acompañé luego al hammam y le regalé un magnífico traje de lamejor clase. Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer la cuenta de lo que produce mi tiendaen un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias.” Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé unbeneficio anual de mil dinares: Entonces di gracias a Alah, que es poderoso y grande, y dividí la ganancialuego entre mi hermano y yo.

Y así vivimos juntos días y días.Poco tiempo después quiso viajar también mi segundo hermano. Hicimos cuanto nos fue posible para quedesistiese de su proyecto, pero todo fue inútil, y al cabo de un año volvió en la misma situación que el hermanomayor.Le di otros mil dinares que tuve de ganancia durante el periodo de su ausencia, abrió una tienda nuevacontinuó el ejercicio de su profesión.Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, de nuevo mis hermanos desearon marcharsey pretendían que yo les acompañase. No acepté, y les dije: “¿Qué habéis ganado con viajar, para queasí pueda yo tentarme de imitaros?” Entonces empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto,pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron a proponermeel viaje, oponiéndome yo también, y, así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme,y les dije: “Hermanos, contemos el dinero que tenemos.” Contamos, y dimos con un total de seis mil dinares.Entonces les dije: “Enterremos la mitad para poderla utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por menor.” `Y contestaron: “¡Alah, favorezca la idea!” Cogí eldinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamenteentre nosotros tres.

Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos a él todos nuestrosefectos, y partimos. Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendimos las mercancíascon unta ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.Al llegar a orillas del mar encontramos a una mujer pobremente vestida, con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: “Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio,sabré agradecer tus bondades.” Y le dije: “Te socorreré, mas no te creas obligada a la gratitud.” Y ella merespondió: “Señor, entonces cásate conmigo, llévame a tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, queyo soy de las que saben el valor de un beneficios No te avergüences de mi humilde condición.” Al decirestas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que esgrande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco paraella y le dispensé una hospitáalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos. Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos, sintieron celos, además de envidiarmepor mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías.

Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y seconcertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitán sin duda les hizo ver su mala accióncon los más bellos colores.Un día, cuándo estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonosal mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita. Me tomósobre sus hombros y me depositó sobre una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando alamanecer, y me dijo: “¿No reconoces. a tu esposa?” Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo.Porque has de saber que yo soy una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplementeporque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente de Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y persevere. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a casarteconmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. “En cuanto a tus hermanos,siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.”Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: “No puedo consentir la perdida de mis hermanos.”

Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces:“Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.” Yo repliqué:“¡Por Alah sobre tal No hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: “¡Oh tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo crimen, y además, considera que sonmis hermanos.” Pero ella insistió:Tengo que matarlos sin remedio.” Y en vano imploré su indulgencia,Después se echó a volar llevándome en sus hombros, y me dejó en la azotea de mi casa. Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después dehacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré estos dos lebreles que estabanatados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acudiómi mujer, y me dijo: “Son tus hermanos. “Y yo le dije: “¿Quién los ha puesto en esta forma?” Y ella contestó:“Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusieraen ese estado. Diez años permanecerán así”. Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en basca de mi cuñada, a la que deseo suplicar losdesencante, porque van ya transcurridos los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, ycuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es micuento.”El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo otro tercio de la sangre destinadaa rescatar el crimen.” Entonces se adelantó el tercer jeique, dueño de la mula, y dijo al efrit: “Te contaré una historia más maravillosaque las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.” El efrit contestó: “Que así sea.”Y el tercer jeique dijo:

CUENTO DEL TERCER JEIQUE

“¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontrécon un esclavo negro, estaban conversando, y se besaban, haciéndose zalamerías. Al verme, ella se levantó,súbitamente y se abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego, y medijo arrojándome el agua: “¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!” Inmediatamente me convertíen perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar a una carnicería, donde me puse aroer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: “¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habitación.” Y repuso el padre: “¿Pero dóndeestá ese hombre?” Ella contestó: “Ese perro es un hombre, Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo.” Y su padre le dijo: “¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía.” Ella cogió unavasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: “. ¡Sal de esa forma y recobrala primitiva!”

Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: “Quisiera que encantases a mi mujer como ella me encantó.” Me dio entonces un frasco con agua, y me dijo: “Si encuentras dormida a tu mujer, rocíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.” Efectivamente, la encontrédormida, le eché el agua, y dije: “¡Sal de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se transformó enuna mula, es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.”El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es verdad todo eso?” Y la mula movió la cabezacomo afirmando: “Sí, sí; todo es verdad.” Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del últimotercio de la sangre.En aquel momento Schahrazada vio aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharsemás del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: “¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables ycuán deliciosas son en su frescura tus palabras!” Y Schahrazada contestó: “Nada es eso comparado con loque te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme.” Y el rey se dijo: “¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.” Entonces el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente.Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levantóel diván y el rey volvió a palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA TERCERA NOCHE

Daniazada dijo: “Hermana mía, te suplico que termines tu relato.” Y Schahrazada contestó: “Con toda lagenerosidad y simpatía de mi corazón.” Y prosiguió después: He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que, cuando el tercer jeique contó al efrit el más asombroso delos tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: “Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crímen, y dejo en libertad al mercader.” Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le felicitaron por el indulto. Y cada cual regresó a su país.“
Pero -añadió Schahrazada- es más asombrosa la historia del pescador.”Y el rey dijo a Schahrazada: “¿Qué historia del pescador es esa?”

Y Shahrazada dijo…

Fuente: Las mil y una noches

Schahrazada dijo: “He llegado a saber, ¡oh rey, afortunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los países. Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales le llamaban sus negocios. Como el calorera sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, ycuando los hubo comido tiró a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estaturaque, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: “Levántate para que yo te mate como has matado a mi hijo.” El mercader repuso: “Pero ¿cómo he matado yo a tu hijo?” Y contestó el efrit: “Al arrojarlos huesos, dieron en el pecho a mi hilo y lo mataron.” Entonces dijo el mercader: “Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permiteme volver para repartir lo de cada uno, y tevendré a buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida a tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.”El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.

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Y el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a cada cual lo que le correspondía. Después contó a su mujer y a sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos a llorar: los parientes, las mujeres,los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo coa su familia hasta el fin del año. Al llegareste término se resolvió a partir, y tomando su sudario bajo el brazo, dijo adiós a sus parientes y vecinos yse fue muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor. En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeique se dirigióhacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: “¿Porqué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?” Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeique dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: “¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fees una gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.”

Después, sentándose a su lado, prosiguió: “¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.” Y allí se quedó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeique, que se dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jeique se dirigió hacia ellos, llevando una mula de color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad el repetirla. A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descargó una tormenta,se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader: “Ven para que yo te mate como mataste a aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.” Entonces se echó a llorar elmercader, y los tres jeiques empezaron también a llorar, a gemir y a suspirar. Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos, y besando la mano del efrit, ledijo: “¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mercader?” Y el éfrit dijo: “Verdaderamente que sí, venerable jeique. Si me cuentas la historia y yo la encuentro extraordinaria, te concederé eltercio de esa sangre”.

CUENTO DEL PRIMER JEIQUE

El primer jeique dijo:“Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío, carne de nu carne y sangre de mi sangre. Cuandoesta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero Alah no meconcedió tener de ella ningún hijo. Por esto tomé una concubina, qué, gracias a Alah, me dio un hijo varón,más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos, sus cejas se juntaban y sus miembroseran perfectos. Creció poco a poco; hasta llegar a los quince años. En aquella época tuve que marchar a una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio de comercio.La hija de mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encantamientos.Con la ciencia de su magia transformó a mi hijo en ternerillo, y a su madre, la esclava, en unavaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado. Después de bastante tiempo, regresé del viaje; preguntépor mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: “Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y nosabemos de él.”

Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto demis ojos.Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejoresvacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi brazo,levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cuchillo en mano, cuando de pronta lavaca prorrumpió en lamentos y derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al mayoralpara que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya él arrepentimiento? Se la di al mayoral,y le dije: “Tráeme un becerro bien gordo.” Y me trajo a mi hijo convertido en ternero.Cuando el ternero me vio, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó a mis pies, pero ¡conqué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayoral: “Tráeme otra vaca, y dejacon vida este ternero.” En este punto de su narración, vio Scháhrazada que iba a amanecer, y se calló discretamente, sin aprovecharsemás del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!” Schahrazada contestó: “Pues nada son comparadas con lo queos podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.” Y el rey dijo para sí: “¡PorAlah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.” Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que llevaba debajo del brazo un sudariopara Schahrazada, a la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia,designando a unos para los empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fue perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía. Cuando hubo terminado el diván, el rey Schalhriar volvió a su palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE

Doniazada dijo a su hermana Schahrazada:- “¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercadery el efrit “ Y Schahrazada respondió: “De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el reyme lo permita.” Y el rey ordenó: “Puedes hablar.”Ella dijo: He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vio lloraral ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el ganado.”Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo: “¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando,y decía: “Debemos sacrificar ese ternero tan gordo.” Pero yo, por lástima, no podía decidirme, ymandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo:. “¡Oh amo mío! Voy a enterartede algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación.” Y yo le contesté: “Cuentacon ella.” Y me dijo: “¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja quevivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenaslo vio, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reir.

Luego me dijo: “Padre, ¿tan pocovalgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Ypor qué lloras y ríes así?” Y ella me dijo: “El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader,pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verlebajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por elpadre.” Estas palabras de mi hija, me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la mañanapara venir a enterarte de todo.”Cuando oí, ¡oh poderoso efrit! prosiguió el jeique lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, ysin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrara mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego seme acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté entonces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo queafirmas de este ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón.”

Y le supliqué:“¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo alcuidado de tu padre.” Sonrió al oir estas palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones:la primera„ que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee.De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer.Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: “Sea, y por añadidura tendráslas riquezas que tu padre me administra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de susangre.”Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo:’ “Si Alah te creó ternero, sigue ternero,sin cambiar de forma; pero si estás encantado recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.”E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a adquirir la forma humana.

Entonces, arrojándomeen sus brazos, le besé. Y luego le dije: “¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.” Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah, hijo mío! Alah,dueño de los destinos; reservaba a alguien para salvarte y salvar tus derechos.”Después de esto, ¡oh buen efrit! casé a mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced a su ciencia de brujería,encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontrémecon estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido a este mercader, y hube desentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia.” Entonces exclamó el efrit: “Historia realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.” En este momento se acercó el segundo jeique, el de los lebreles negros, y dijo…

Fuente: Las Mil y Una Noche